22 de agosto de 2011

¿Me encanta todo eso?


Eme de McDonald's.
Eme de marca.
Eme de mugre.

Mc Donald's es una de las empresas más emblemáticas de la economía norteamericana. Una multinacional que es bandera de la libre empresa y del capitalismo. Una organización que suele ser blanco de ataques cada vez que parte de la sociedad se da cuenta que hay algunas cosas que no andan nada bien y que habría que intentar cambiarlas. Una corporación que basa su negocio en pequeñas cosas: comida rápida a buenos precios y buen servicio.

Bueno... en Buenos Aires pareciera que la marca se está oxidando; no está funcionando como antes. Los precios distan de ser buenos; los empleados son excesivamente jóvenes y no parecieran estar comprometidos completamente con las tareas que deberían realizar; los locales están cada vez más mugrientos, con un desaseo que es llamativo —es increíble como tantas personas se aguantan comer en mesas sucias y grasientas— sobre todo en una empresa que se vanagloria de la limpieza y pulcritud de sus instalaciones; y la sonrisa ya no es tan frecuente en quienes atienden los mostradores o quienes limpian el salón, acaso por los magros salarios que cobran...

En mi carácter de cliente, una vez intenté hablar con el "Encargado de mi satisfacción" y resulta que no estaba disponible. Otra vez me indigné porque el estacionamiento estaba lleno ¡y el local vacío! y la única explicación que recibí es "no podemos controlar que los que estacionan entren a comer".

Da la sensación de que hay algunos pilares de la empresa de los arcos dorados que no están tan sólidos como antes, como si le llegaran los estertores de la crisis que aqueja a su país de origen y al sistema al cual le debe su magnitud.

En definitiva y apoyándome en estas cuestiones bien concretas, comer en McDonald's ya no es una experiencia muy agradable que digamos. Por lo tanto, la marca McDonald's ya no es lo buena que supo ser, aún cuando la M siga siendo tan dorada y gigante y globalizada como sabemos que es.

18 de agosto de 2011

En casa de herrero...


Hace no mucho tiempo las autoridades de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA se renovaron. Dicha casa estuvo numerosos meses sin decano, aunque nada pasó y todo siguió funcionando como cuando tenía decano, lo cual no deja de ser intrigante.

Yendo al grano: una de las medidas visibles de las nuevas autoridades fue encarar un cierto rediseño de las piezas institucionales en las cuales se comunican resoluciones, informes y demás cuestiones. Otra novedad es la radical renovación del diseño de los correos que envía la Secretaría de Posgrado con su oferta de cursos de actualización, en cuya cabecera también se observa con sorpresa una nueva marca de la FADU, que riega aquello de que las nuevas gestiones cambian todo, hasta lo que no haría falta cambiar.

El buen diseño radica en los detalles. Muchas veces esos detalles son bien pequeños, sutiles. El buen diseño es una construcción en la que el diseñador define límites y establece reglas de juego que idealmente deberían ser cumplidas, al menos, ¡por él mismo!

En esta nueva cabecera, de cuyos valores estéticos no voy a abrir juicio, propone un código cromático para cada una de las carreras que se cursa en la facultad. A los diseñadores gráficos nos tocó el naranja. No es difícil pensar que, por su simpleza —un acierto—, ese código será aplicado en la lectura del mail.

¿Cuál es el problema de esta, en principio, buena idea? Que en el contenido del correo cada curso tiene una misma cabecera, con un mismo color (azul) lo que inmediatamente hace pensar que son todos cursos destinados a arquitectos. Pero no, salvo que a los arquitectos les interese el diseño de vestuario escénico.

Esta tontería, esta pavada, este autoboicot es el que hace crecer la confusión en donde no debería existir, ya que se proyectó un modo simple de combatirla (el código de colores). Daltonismo aparte, qué fácil sería que, por la mera visualización del color uno pudiera identificar qué cursos son de su profesión y cuáles no.

Tonterías y pavadas como esta son gran parte de la base del buen diseño.

2 de agosto de 2011

Mal aliento

Vaya a saber uno en qué momento los edificios empezaron a tener —¿a necesitar?— marcas.

Ya en el baile, proliferan grandes cantidades de pomposos nombres, muchas veces en inglés —Terrazas de Goyena, Altos de Belgrano, Palermo Studios&Suites, Relax&Living, Luxury Towers y la mar en coche— que evocan una vida que poco tiene que ver con la urbana y menos todavía con la calidad de los elementos utilizados en la construcción que, muchas veces, nos hacen dar de frente contra bachas que se caen repentinamente al piso o muebles de cocina fuera de escuadra o aires acondicionados que no funcionan o canillas que gotean. Todo, apenas uno firmó la escritura.

En fin, ¡pobres los colegas que tienen que diseñar estas marcas! La mente se les termina quemando tanto, que ya ni ven que en realidad están atascados en el pomo de un dentífrico...