9 de noviembre de 2011

Tecnópolis


Fui a Tecnópolis. Haber ido no significa haberla recorrido entera ya que es realmente gigante, pero me hice una idea de su magnitud, de su alcance, de algunos de sus significados.


Arranco con una verdad de perogrullo: Tecnópolis es un hecho político. Es sabido que algunos gobiernos suelen invertir mucho dinero en mostrar de manera grandilocuente, para la posteridad, sus logros, sus puntas de lanza, sus fundamentos, sus estandartes. Así pasó, hace poco, con el efímero pero recordable festejo del bicentenario y así se retoma con Tecnópolis, nacida para ser efímera y porteña y sobrevivida para ser permanente y bonaerense (culebrón con Macri mediante).


Lo primero que uno piensa —que yo pensé— al llegar a la muestra es cómo puede ser la enorme, monstruosa cantidad de tierras que tiene el Ejército Argentino (Tecnópolis se levanta en un regimiento de Villa Martelli al cual, no es difícil darse cuenta, le sobraban todas las hectáreas afectadas por la muestra, y más también...); resabios de una institución otrora poderosa, sin dudas. Lo bueno es que con cosas como esta muestra se les puede dar utilidad a esas manzanas ociosas...


Lo segundo, quizá, sea la magnitud, la escala: Tecnópolis es gi-gan-te. Hay pabellones, stands, obras de arte, dinosaurios movedizos, domos inflables, una constitución colgante. Hay puentes, promotoras y hay puestos de comida. Hay una gran arteria principal. Está todo hecho a lo grande, pero no siempre bien: hay cosas precarias, descuidadas y otras no, más sólidas. Vale decir que fui luego de una tormenta importante, lo cual magnificó las debilidades de la circulación y la limpieza: mucho barro y vallados confusos.


Tecnópolis no es un espacio para la reflexión, es un espacio para mostrar obra, "modelo", para mostrar y enrostrar política. Tecnópolis lo hizo este gobierno, no otro.


No hay —ni debería haber— lugar  para preguntarse por las razones de la existencia y, a estas alturas naturalización, de los recuperadores urbanos (notable eufemismo para nombrar a los cartoneros) encargados de la limpieza del predio ni, mucho menos para saber porqué hay todavía más de un 35% de trabajadores en negro, tal como muestra el dato oficial en una gigantesca infografía dentro de un interesante pabellón dedicado a la industria nacional en el que unos operarios zapatean en el aire sobre un Siam Di Tella y sobre algunas heladeras giratorias (presumiblemente también marca Siam) al ritmo de una música trance-industrialosa. Tampoco hay lugar para preguntarse qué significa hoy, en tiempos de furiosa sojización así como de importación y ensamblaje, industria nacional, ni de qué hablamos cuando hablamos de soberanía.


Desde su marca hacia abajo, el diseño intenta darle a Tecnópolis cierta atmósfera moderna, futurista pero sintética, generando un código cromático e icónico relacionado con los elementos fundamentales (tierra, aire, etc.). Esa tarea la logra más en los "espacios controlados" —ya sean los materiales impresos, merchandising o los espacios de la entrada principal— que en el llano, cuando el viento se empeña en doblar señales precariamente clavadas, el barro lo ensucia todo y algunos tontos rompen el vinilo de algún cartel que nadie se encarga de reparar. Salvo los puentes de la Avenida Gral. Paz cercanos a la muestra (íntegramente vestidos de Tecnópolis), la señalización externa es tan tímida como sobreabundante (hay banderolas que intentar guiar a los autos hacia el predio y pequeños e insistentes carteles cada 20 metros que indican dónde estacionar; el estacionamiento es muy, muy precario) y la interna es compleja: cuesta —me costó— ubicarse y hay que tomarse un buen rato para entender dónde está cada cosa y cuáles son los recorridos propuestos. 


En suma, es como si el tamaño de la muestra fuera incontrolable, como si hubiera habido energías (y presupuesto) para organizar sólo una parte y que para el resto se hubiera apelado al "lo atamos con alambre", tan nuestro. La sensación es, en cierto modo, que la muestra está en constante construcción, lo cual, simbólicamente, no deja de ser un rasgo notable.


Tecnópolis es interesante porque rescata la producción argentina de conocimiento, de ciencia y de tecnología. No quiero sonar acartonado ni solemne, pero el nuestro es un país golpeado, es un país vaciado sistemáticamente en los '90 (y podríamos decir que, en otra medida y por otros medios, antes y después también) que ya no parecía capaz de demasiadas cosas y Tecnópolis echa, hábilmente, mano a ese contraste: lo que podemos ser si nos lo proponemos; tenemos todo para ser una potencia regional y no hace mucho no éramos nada. En ese sentido, se ven stands de maquinaria agrícola nacional, de YPF (a la que poco le queda de fiscal...), de energía eólica y nuclear y tantos otros, cuyo objetivo es reafirmar ese espíritu de pertenencia que no estaba tan de moda pocos años atrás.


Tecnópolis es positiva si se tiene en cuenta que es una muestra que perdurará en el tiempo (aunque eso nunca esté garantizado en estos lares) y que sus contenidos llegan a miles y miles de estudiantes que la visitan mes a mes, descubriendo apellidos como Milstein; enterándose de que Darwin vino dos veces a la Argentina; que hubo autos y aviones diseñados por argentinos en la década del '50 y hasta que la empresa Fate desarrolló una computadora. Todo matizado con constante música funcional (en mi recorrido me tocó escuchar siempre rock nacional; no sé si se abarcan otros géneros) y con espacios dedicados al arte y el diseño.


Me quedé con ganas de volver, con sol y con más tiempo. Aún teniendo que invertir algunas energías en gambetear a la propaganda del gobierno y estando atento a sus omisiones, Tecnópolis es un lugar que vale la pena visitar.

7 de noviembre de 2011

Marca personal


Sin ser necesariamente novedoso el recurso utilizado, no deja de ser interesante la última campaña de la empresa Personal. El eslogan es cada persona es un mundo y, grandes, se ven distintas grafías de la palabra Personal.


Es evidente que esta campaña se apoya en dos cuestiones fundamentales: la escritura, como rasgo individual e intransferible de las personas (las alfabetizadas, claro) y algo relativamente arriesgado —en los términos de la identidad corporativa tradicional— que podríamos llamar "marca del usuario" que es, simplemente, la supresión y reemplazo de la marca oficial de la empresa por estas configuraciones caseras, hechas a mano, que "representan" a cada uno de los eventuales usuarios de la empresa.


La campaña, además, echa mano con inteligencia al recurso de la explotación de la escritura por sobre la tipografía, la que, en muchos casos, imita lo manuscrito con cierto acartonamiento o falta de fluidez. Además, en los afiches de vía pública no parece haber habido un especial acento en reglas básicas como legibilidad y espaciado sino más bien en los rasgos singulares provistos por una mano veloz y por una punta más o menos redonda.


Desde ya, sabemos que la publicidad suele engañarnos una y otra vez... pero en este caso da en una tecla pocas veces pulsada y eso solo hace que asome la cabeza por sobre la superficie.

3 de noviembre de 2011

Ajuste


—Maidana, venga un minuto por favor.
—Sí señor, digame.
—Ya puso los números, veo.
—Sí, ayercito nomás. ¡No me diga que no es 883! No me asuste... ¡ja, ja!
—Los números están bien; lo que no está bien es el espaciado.
—¿Perdón?
—El espaciado, Maidana.
—Pero... si habíamos quedado en que iban en esa chapa, justito arriba de la puerta...
—Aha... ¿y eso qué tiene que ver?
—Nada, que yo los puse en la mitad de la chapa, ¿no está bien eso?
—¿A ojo, los puso?
—¡No señor, faltaba más! Agarré una regla y medí.
¡Ah, ahí lo agarré, Maidana!
—¿Cómo dice?
—Los espacios entre las letras no se miden con regla, Maidana. Se trata de establecer un sutil equilibrio entre formas y contraformas, entre figura y fondo, entre el trazo y el espacio que lo rodea. Una suerte de pulso rítmico que sólo se logra mediante un ojo entrenado que usted, evidentemente, no tiene.
—Disculpeme, señor.
—No se haga problema, Maidana. Todos los días se aprende algo. Le pido, sí, que corrija este desagradable suceso cuanto antes.
—Mmm...
—¿Mmm? ¡Usted siempre con sus "mmm"! ¿Qué pasa?
—Que los números ya están soldados. Ayer a la mañana le mandé un mensajito a su socio y no me respondió en todo el día; entonces probé con usted, y me dió que su celular estaba apagado o fuera del á...
—¡¿Y porqué no me dejó un mensaje?!
—No acostumbro a dejar mensajes, señor. Me parecía que uno de los dos me tenía que responder...
—Mire Maidana, por favor...
—De hecho, había quedado con su socio en hablar de las dos semanas que están atrasadas. Digo, la obra ya está terminada, casi...
—Bueno, bueno, no se preocupe que eso lo vamos a resolver mañana o pasado.
—Bien señor. ¿Qué hago con los números?
—Déjelos así, Maidana. Y trate de leer algo sobre espaciado de letras, hágame caso.
—Bien señor. Mañana hablamos, entonces.
—Sí, llameme mañana.

1 de noviembre de 2011

Compostura


Cuando Rudolf Arnheim habla en su libro Arte y percepción visual de fuerzas perceptuales se preocupa por distinguir que no son para nada abstractas sino puramente sensibles: se sienten, físicamente, como las fuerzas mecánicas.


Así, la tensión, el equilibrio, el movimiento, el peso, entre otras fuerzas, tienen un correlato sensorial que muchas veces no puede explicarse con palabras pero que, no obstante, existe. También podría decirse que cuando una composición (entendiendo al acto de componer como el ejercicio de un control consciente de las fuerzas perceptuales; actividad primaria y primordial de todo diseñador gráfico) no está bien resuelta se siente algo en el estómago, un leve disgusto, un atisbo de incomodidad, cierto irritante cosquilleo.


Luego de este breve introito teórico, vamos a la calle: en el caso del afiche cuya imagen observamos se da lo que Arnheim llama ambigüedad, que es aquello que ocurre cuando alguno o algunos de los elementos integrantes de la composición no parecen ocupar el lugar que les corresponde sino que parecen estar "a mitad de camino" o bien, en franca incomodidad o pleito con sus vecinos.


De este modo, la cabeza de Kirchner establece una tensión no resuelta con el plano verde y con el "04", haciendo que ambos elementos compitan, se repelan y, por ende, no convivan de manera armónica en el plano.


Sólo de manera constructiva —y sin ánimos destituyentes— propongo rápidas maneras de resolver este problema compositivo, sin modificar los elementos gráficos de la pieza, sólo reubicándolos convenientemente.


La primera opción es la siguiente:




Separar a Kirchner del bloque de texto, generando el aire suficiente para que la tensión se disipe y se restablezca la armonía. Sin embargo, hay un problema colateral: la mano se corta de manera inconveniente, quedando trunco el gesto del saludo. 


De este modo, llega la segunda alternativa:




Una trampita muy utilizada en nuestro medio: espejar la foto, siempre y cuando no haya elementos que nos manden en cana. En este caso no los hay... pero la mano entra en zona de riesgo con el NESTOR, por lo que resolvemos el problema de la cabeza pero nos compramos otro con la mano.


Ahora sí, quizá, la mejor opción:




El enroque: que la entrada de la pieza sea por lo textual y que luego se siga por lo icónico, saliendo por la mano de Kirchner (que en este boceto, hecho en 25 segundos, se corta groseramente) y que coincide casi mitológicamente con el sol patrio.


Así, quedan zanjadas todas las tensiones no resueltas y el afiche reposa en cimientos más sólidos. Y todos contentos.