2 de mayo de 2007

El afiche apolítico




Si hay un debate pendiente en diseño gráfico de estos lares, ese es el que tiene que ver con el afiche político.

Con el correr de los años, y por motivos variados y no tanto, mucha de la política y muchos de los políticos han caído en un pozo de descrédito y desvalorización que los alejan de la enorme mayoría de la gente. Sumado a esto, nos encontramos ante una creciente modificación del enfoque desde el que se aborda una campaña: se ha pasado de elaborar y comunicar ideas y consignas-fuerza a la construcción de un producto político pasible de ser atribuído con las cualidades de cualquier mercancía.

Así como el producto que compramos es el resultado de una serie compleja de factores (atributos, packaging, precio, calidad, logística, etc.), el "nuevo" candidato -aunque este fenómeno tenga ya varios años- comunicará sólo lo que lo favorezca en este nuevo e incipiente "mercado político".

Empezamos, entonces, a ver más y mejores marcas de distintas coaliciones, alianzas o partidos (la cuidada imagen y el famoso "Somos más" de la fallida Alianza abrió un nicho antes casi inexplorado); retratos cada vez más cuidados de los rostros de los candidatos; campañas más diversificadas con propuestas de diseño "cool" y todo un bagaje de artilugios que salen de las cabezas de asesores, consultores y creativos de agencias de publicidad y marketing, encargados, todos ellos, de dotar de (o recrear) una imagen fresca a nuestros posibles gobernantes.

Excluyendo a los partidos de izquierda en donde aún los afiches proponen textualmente algo concreto -a veces con un desarrollo muy extenso para el medio- el resto del famoso "arco político" se mueve entre la foto, el eslógan con gancho y la nada misma.

Observamos, entonces, al caminar por estos días por la ciudad de Buenos Aires: un Telerman cuyo rostro recibe los más variados embates (narices de payaso, parches de pirata, graffitis en su interminable frente); un Ibarra que anuncia su vuelta "por todos" aunque muchos de esos "todos" agreguen a la consigna sus disconformidades con su regreso a la arena; un PRO con un amarillo fuerte, novedoso en la gráfica política, más un eslógan tan comercial como vacío de propuestas: "Estaría Bueno Buenos Aires". Diseño despojado que deja un gran y peligroso plano vacío para que los inadaptados de siempre agreguen sus opiniones sobre Mauricio y compañía, aerosol en mano. Filmus y Heller nos miran amistosamente y nos dicen que Buenos Aires "necesita lo mejor de ambos"... Pero si uno desea saber qué es lo mejor de ambos y qué proponen desde su novedosa y sorpresiva alianza, deberá buscarlo en otra parte: el afiche, parece, ya no es el medio adecuado para eso.

Y así podemos seguir enumerando a la gran mayoría de los partidos y agrupaciones políticas. El candidato con un rostro poco agraciado optará por una propuesta tipográfica o por el Photoshop; el candidato canchero y moderno, explotará su imagen fresca y juvenil; el candidato serio, honesto y trabajador se aflojará la corbata y nos mirará a los ojos, cansado pero satisfecho por estar trabajando mucho por y para nosotros...

Ahora bien... ideas; propuestas concretas escritas cada una en una simple y legible oración; y lo que es más importante, cómo llevarlas a cabo, es algo que parece no interesar más a los partidos, casualmente, con más posibilidades de ganar las elecciones.

No contamos con los elementos para hacerlo ni creemos que este sea el lugar correcto para analizar sociológicamente qué y cómo votamos y qué incidencia tienen las campañas políticas en nuestra elección pero sí, desde nuestro modesto pero sincero análisis del diseño gráfico que compone a estas últimas, debemos decir que, en el rubro afiche político, entramos hace rato en un extenso pantano de formas que ocultan algo grave: la ausencia casi total de contenidos.