2 de enero de 2015

¿Dis-tin-to?

Adrián Escandar, www.infobae.com
A esta altura del partido, no estamos acostumbrados a ver afiches políticos que digan algo más que frases medianamente pegadizas y eslóganes vacíos de todo contenido. Desde hace años el afiche político ya no cuenta ideas ni propuestas; se limita a mostrar físicamente al candidato en fotos producidas para parecer más transparente, más ameno, más honesto. Salvo contadísimos casos, las ideas de ese candidato y las propuestas que él impulsará en caso de ser electo se omiten deliberadamente, menos por las limitaciones del medio que por la frecuente laxitud y flexibilidad de aquellas...

Sergio Massa, fundador del llamado Frente Renovador, quien de joven estuvo a la derecha de la juventud que militó en la UCeDé y luego pasó al menemismo para desembocar, como tantos otros, en el kirchnerismo (el Anses y la jefatura de gabinete destellan en su currículum), lanzó a las calles un afiche que llama la atención. Primeramente porque no parece un afiche político, lo cual no deja de ser interesante: altera sus códigos compositivos tradicionales colocando al candidato (joven, tostado, vestido con una informal remera gris, que le sube la apuesta a la ya remanida corbata floja o a la más reciente camisa sin corbata) en una posición poco frecuente, en un plano contrapicado que lo pone por sobre el resto de los mortales, con una mirada y una expresión de serena suficiencia que puede ser entendida como "sé todo lo que hay que hacer". Tipográficamente, además, reafirma el "distinto" separándolo en sílabas (con un punto final, que corta por lo sano cualquier debate al respecto) y mediante el uso de una sobria oblicua sans-serif, juega y se opone a la diagonalidad que la cuidada foto aporta. "Un país" (que es lo que la frase dice textualmente que será distinto) se empequeñece casi al punto de ceder por completo su espacio a otra idea, más conveniente: que el distinto es el propio Massa. ¿Distinto a qué? ¿Distinto a quiénes?

De todos modos, podemos imaginarnos que de la mano de Massa el país no va a ser demasiado distinto al actual, así que es de valorar ese ejercicio de honestidad, aunque sea a medias, que implica reducir el tamaño de esas dos palabritas que incomodan por su amplitud y su peso.

Luego, algo llamativo: la ya frecuente ausencia de un partido político que firme el afiche. ¿Partido ya es algo anacrónico? Bueno... ¡de un frente, una agrupación, una sociedad de fomento! Algún tipo de organización humana, colectiva, asociativa, grupal, que sostenga la emisión de ese mensaje de un candidato a presidente que, en tanto político, es necesariamente no individual.

No hay +a15, no hay Frente Renovador que valga... No hay ningún dato más, ¡ni links a redes sociales hay! Sí hay una imagen cautivante, seductora; un mensaje ambiguo, equívoco. A tono con los últimos años de la política argentina, todo un plan de gobierno.

14 de enero de 2014

Gris de ausencia


El 13 de junio de 2013, la diputada de la Ciudad de Buenos Aires Gabriela Seijo (PRO) presentó un proyecto de ley para establecer el cambio de color de los semáforos de la ciudad, en el marco del proceso de modificación y reemplazo del mobiliario urbano. Las cabezas, soportes y viseras serán de color gris "grafito" según la modificación que se hizo al Código de Tránsito y Transporte sancionada (Ley Nº 2148, GCBA).

El proyecto de Seijo se aprobó con 37 votos positivos y 15 abstenciones y hoy en día, meses después de aquella sesión, podemos ver a muchos señores trepados a escaleras pintando de gris, uno por uno, los semáforos de Buenos Aires. Los semáforos y otras cosas más.

Los diseñadores gráficos vivimos usando el color. Lo usamos realimentando convenciones o transguediéndolas. Lo usamos caprichosamente o a conciencia. A gusto o disgusto. En las facultades se enseña teoría del color pero sin demasiada profundidad: se suele estacionar en el terreno seguro de la escala de grises, los colores primarios, secundarios, suplementarios y complementarios y poco más. Mi recuerdo me dice que muy poco hay en los programas acerca del color y su aspecto psicosocial, fisiológico, perceptual, cultural.

No hay, al menos de manera accesible, noticias de investigaciones y bibliografía que den cuenta del uso urbano del color y su incidencia en la visibilidad de señales valiosas en lo que a tránsito y mobiliario urbano se refiere.

Es de esperar que sorprenda una decisión como la repintura de los semáforos y que la aceptemos sin preguntarnos porqué, en base a qué y cómo se mide la eficacia de la medida. Todo esto dejando de lado la primera pregunta obligada de cuánto cuesta hacerlo. Por otra parte, también debería haberse puesto sobre el tapete la elección del amarillo y verde anteriores... pero dejémoslo pasar.

Mi experiencia empírica es que los semáforos grises, de noche, casi no se ven. Se mezclan con el follaje de los árboles o el hormigón sucio; se destacan las luces. De día, no hay diferencias entre el amarillo anterior y el gris; todavía es posible compararlos.

El gris tiene como objetivo la sistematización cromática del nuevo —y ya sumamente castigado— mobiliario urbano, cosa que el amarillo no cumplía. 

Se puede discutir mucho acerca de las connotaciones del gris como color: si es sobrio, moderno, apagado, triste, sucio, ambiguo, impersonal... todo sobrevolado por el riesgo de caer en el binomio "Me gusta/No me gusta" el cual, claro está, debería ser desterrado en este tipo de decisiones que afectan el espacio público y la identidad de una ciudad a fuerza de fuertes fundamentaciones teóricas que, en este caso, parecen brillar por su ausencia.

¿Y si el problema fuera ese? ¿Y si la cosa pasa por el hecho de que Buenos Aires es una ciudad sin una identidad fuerte (como botón de muestra vale la novela del escudo y su rediseño)?

Si cada gobierno de turno confunde lo estatal con lo partidario, ¿es posible pretender un sistema de mobiliario urbano y de señalización con una paleta cromática que haga pie o todo queda supeditado a decisiones a corto plazo que serán religiosamente revisadas por la próxima gestión?

Párrafo aparte merece la gigantesca maraña de nudos que es la burocracia del estado, aún en tiempos de internet. Me resultó imposible encontrar información del proyecto de ley; en la página del CEDOM (Centro Documental de Información y Archivo Legislativo) de los 43 proyectos que se le asignan a la diputada Seijo en 2013 en ninguno se hace mención a los semáforos; tampoco tuve suerte en la Legislatura; descargar el Boletín Oficial del GCBA es perderse irremediablemente en un mar de edictos, notificaciones, transferencias, comunicaciones, licitaciones y leyes del cual es muy difícil salir sin ahogarse. 

Sí leí por allí una mención a la remanida contaminación visual —que el gris "grafito" ayudaría a disminuir— y una ventaja relacionada a que la neutralidad en el color del soporte ayudaría que el conductor, ciclista o peatón le prestase más atención a las luces las que, vale agregar, deberán ir mutando a la tecnología LED de manera progresiva, en los tres años posteriores a la publicación de la norma en el Boletín Oficial.

Uno de los fundamentos del proyecto que se citan en varias de las crónicas que encontré dice "El reemplazo de las fuentes incandescentes por unidades LED contribuye a mejorar sustancialmente su visibilidad compensando de forma positiva el menor contraste que pudiera causar el cambio de color" lo cual puede interpretarse como un Está bien, el gris se ve menos pero las luces se ven más. Sí, siempre y cuando las luces funcionen... tema no menor en una ciudad en la que luego de una lluvia fuerte florecen los semáforos apagados o bicolores.

Sí encontré algún rebote tímido en la prensa, asumiendo que este tema no es —¡y claro que no lo es!— prioritario en una ciudad gigante y con tantos temas pendientes como Buenos Aires. Hubo alguna voz, como la de María José Lubertino (FPV), que se quejó porque no es momento de gastar dinero en algo así a quien que se le respondió desde el PRO que el dinero ya estaba asignado en la partida de mantenimiento de mobiliario urbano. De todos modos, no olvidemos que no hubo votos en contra, sólo abstenciones...

También me fue imposible encontrar los fundamentos del proyecto en la página web de la diputada ya que no se los menciona.

No obstante, se me ocurrió que, en vez de quejarme por la probada y esmerada opacidad que tiene el sistema que nos gobierna cuando se trata de acceder a información pública, podía escribirle un mail a la diputada, solicitándole, como miembro de la Unión de Diseñadores Gráficos de Buenos Aires, el texto del proyecto de ley y consultándole si hubo asesoramiento de diseñadores gráficos en su escritura. Lo hice; veremos qué pasa con eso. Ya les contaré.

(Hay que aprovechar que ya tenemos personería jurídica...)  :^)

13 de enero de 2014

El afiche traidor


Ya sabemos que Saul Bass hubo uno solo. También sabemos que, por cuestiones económicas, comerciales o vaya a saber de qué índole (intuyamos cierto desdén al soporte gráfico de cada película por parte de algunos productores), al diseño de los afiches de cine —salvo en el cine independiente en el que muchas veces se observan piezas muy logradas— muy pocas veces se le da el tiempo necesario de maduración y que, generalmente, todos salen con fritas usando algunas de las fotos de prensa del/los protagonista/s convocante/s o algún fotograma logrado de la cinta. Se puede convivir con esto; lo que no es agradable es cuando el afiche, lisa y llanamente, nos miente. Cosa jodida ya que no es poco frecuente que el o los afiches de una película sean parte importante del impulso que es necesario tomar para comprar una entrada de cine.

Empecemos; dejemos de lado el karma de muchas películas extranjeras: se les cambia el nombre (a veces necesariamente; a veces ridículamente) y en muchos casos se reformulan los afiches originales por cuestiones que pueden ir desde lo comercial a lo cultural. 

En el caso de la película Don Jon (2013), de Joseph Gordon-Levitt, observamos, arriba a la izquierda, el afiche original de la película (al menos, uno de ellos). Nada del otro mundo, como refrendando aquello que afirmamos más arriba: cuatro planos con las estrellas de la peli y el título, que juega con el nombre de Jon y el personaje de Don Juan (ya que Jon no deja títere con cabeza cada vez que sale a bailar con sus amigos); dos mujeres, relacionadas, ya veremos cómo, a Jon, completan el rompecabezas. La frase en inglés (Todos aman un final feliz) pincha un poquito a la curiosidad ya que, de leer la sinopsis, uno se entera que el bueno de Jon es adicto a la pornografía online con récords masturbatorios imbatibles incluidos.

El afiche original no nos cuenta nada de eso pero tampoco nos miente. Es más, juguetea un poco con la idea del "final feliz", aplicable tanto a una posible comedia romántica como a una sesión de principio a fin de pornografía digital.

El afiche local (o para el mercado latino), que hasta hoy en día podemos ver en los cines porteños, es tan conservador como taimado: primero, nos muestra claramente a los protagonistas de la peli, como para que no haya la más mínima duda de quién actúa. Segundo, Jon (Gordon-Levitt), en el centro, en pareja con Barbara (Scarlett Johansson) quien, además, le apoya la mano en el pecho como diciendo "sos mío" y atrás, como robando cámara, aparece Esther (Julianne Moore), recibiendo la espalda del picarón hombre del trío. 

Todas las imágenes tienen lecturas impredecibles pero podemos arriesgar que, mirando esta, Jon está con Barbara y que, en algún momento, aparece Esther para complicar las cosas. Bien... salvo que no es así.

Pero lo peor no es esto; las frases que acompañan al título de la película (que pasó del poco transparente "Don Jon" a "Entre sus manos") son el colmo de la turrez: 

Él encontró el amor de su vida. 
Pero tiene un secreto. 
Él tiene "algo"... 
ENTRE SUS MANOS
Una comedia bien arriba (?!)

Entonces... ¿es otra comedia romántica más con algún giro más o menos bobo en el medio? ¿El secreto es lo del porno? ¡Ahh!... Ahora entiendo lo que tiene entre sus manos el muchacho... 

Bien, doble sentido del más llano, que podría funcionar... ¡si no fuera una mentira grosera que nada tiene que ver con el argumento de la película! el cual me voy a reservar ya que vos, querido lector, podés querer ir a verla (¡te la recomiendo!).

La gravedad de esto —asumiendo que en el diseño gráfico nada es tan grave como para hacerse demasiada mala sangre— es que el afiche nos  invita a ver algo que no existe; ofrece una película distinta a la real, traicionándola; tergiversa las cosas en beneficio propio: es bastante más probable que se vendan más entradas para una comedia romántica cuya "parejita" sea Gordon-Levitt y Johansson que para una comedia de un adicto al porno online que se relaciona de una manera muy especial con las mujeres de carne y hueso.

The end.

10 de enero de 2014

Bien estacionado

Fuente: www.e-cuadra.com
Comercialmente hablando, si algo valioso tiene el diseño es la posibilidad de replantear discursos y reformular códigos en beneficio de la ansiada diferenciación.

Hay sectores en los que la paleta de recursos gráficos es, a priori, acotada, construida a través de años de permanencia y de replicación. Uno de estos sectores es, sin duda, el de los estacionamientos o garajes privados. Allí reina la E mayúscula, cuya morada es un círculo celeste tributario de la señal de "permitido estacionar". A partir de ella, sigue marcando el ritmo el código vial: amarillo alternado con negro para líneas y demarcaciones varias; números estencileados... Todo de manera más o menos uniforme, más o menos prolija.

Decíamos que lo bueno del (buen) diseño es la posibilidad de replantear y subvertir cierto orden establecido. Eso es exactamente lo que uno nota cuando pasa por la fachada de los Estacionamientos Cuadra. Empresa argentina que se avivó de que sus garajes pueden renovarse sin perder identificación, ganando la confianza de aquellos que les confían el guardado de sus autos y a la vez en cierta sofisticación, dentro de los límites del ramo. El buen diseño aporta un grado concreto de apariencia que, si es refrendada por el servicio real, es prácticamente imbatible.

Siempre es refrescante ver buen diseño en la ciudad y más aún en aquellos lugares en los que uno no se lo espera. Un garaje es uno de esos lugares.

6 de agosto de 2013

Maso, maso...


Es sabido que en el terreno de las ideas políticas la identificación visual es sumamente importante. Basta pensar en la hoz y el martillo, en la cruz esvástica, en la estrella roja o en el Tío Sam para remitirse sin escalas a todo un ideario, condensado en esos símbolos. 

Cuenta la leyenda que Jorge Telerman, una vez que Aníbal Ibarra hubo caído en desgracia a consecuencia del incendio en Cromañón, se ocupó, lenta y armoniosamente, de apropiarse del inéditamente cuidado discurso gráfico que la gestión de Ibarra propulsó y alimentó mientras duró. Este vicio, que no es propiedad exclusiva de Telerman (todo gobierno que asume suele cambiar todas, pero todas, las figuritas por otras nuevas, confundiendo lo público con lo partidario), dio como resultado una marca que duró poco pero que se vió mucho: a+BA, lo cual en criollo, quiere decir actitud positiva en Buenos Aires. O bien ¡actitud positiva, Buenos Aires!... No sé.

El hecho es que Sergio Massa y su equipo de comunicación, si es que acaso eso existiera, se dieron cuenta de que Massa puede descomponerse en más y A, por ende, simplificando: + y a. 

¡Eureka!... +a (léase masa).

Si se deja de lado el chiste de su apellido, qué cuernos quiere decir "más a" es un misterio más para la antología de campañas políticas argentinas que alguna vez se escribirá. Lo llamativo es que se apele a un signo casi idéntico, con pocos años de diferencia (Telerman terminó su mandato en 2007), para representar dos cosas bien distintas: pese a que Telerman y Massa pueden decir ser los dos peronistas, está claro que no son iguales porque, si lo fueran, estarían compartiendo el mismo espacio y Jorge —que sería candidato a algo— le le habría prestado con gusto su marca a Sergio ya que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista.