28 de mayo de 2009

¿Tudo bom, tudo legal?


La construcción de la identidad de un organismo público no es menos compleja que la de una empresa privada. Sobre todo cuando uno de sus más preciados -y esquivos- atributos es la credibilidad, tal como pasa con la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP)*.

¡Ojala dependiera de una buena imagen de marca el funcionamiento de las instituciones!

Resulta que a la gente que maneja la comunicación de la AFIP se le ocurrió una idea: hacer un aviso de radio y TV para anunciar un nuevo Plan de Regularización Laboral cuyo objetivo es "blanquear" a la enorme masa de personas que trabaja "en negro" (es decir, que no cobra aportes previsionales ni tiene obra social).

Sin entrar en detalles de índole política, la idea, desde una lógica institucional y estratégica, es razonable.
El problema, como casi siempre, es el cómo.

Hay un empleador, con un perfil de pequeña o mediana empresa (no es un magnate pero tampoco tiene un quiosco) que, aparentemente, junto a su persona de Recursos Humanos y su contador tramita el blanqueo on-line de sus trabajadores quienes, vale decir, hasta ese instante, estaban ilegalmente remunerados por sus servicios.

El tipo, don Carlos, le pregunta a su encargado de RRHH "¿Hace cuánto entró Tito?" y luego de la respuesta (¿dependía de la antigüedad el blanqueo del pobre Tito?) presiona la tecla Enter, no sin antes esbozar una pequeña duda que se transforma en cierto envalentonamiento producto de algo parecido a "sí, esta vez voy a hacer lo correcto".

Lo verdaderamente perverso llega luego, cuando el dueño de la empresa se dirige a sus trabajadores, reunidos expresamente para escucharlo. Frente a ellos arranca a hablar con un suspenso que no tiene otro objetivo que el de preparar al auditorio para un despido en masa -cara de circunstancia, titubeos (buen actor, "don Carlos")- pero que troca en una sonrisa socarrona al anunciar que decidió blanquear a todos los que faltaba blanquear y que no lo había hecho antes para "no cerrar el boliche y porque las cosas estaban difíciles".

Los obreros, naturalmente, se relajan al ver que se disipa la omnipresente tormenta de la desocupación (lo cual le da el tinte de perversión al aviso, ya que todos sabemos que cuando un jefe da vueltas es porque se viene el palazo, trabajemos en el rubro en el que trabajemos...) y felicitan humilde, casi sumisamente, a don Carlos por su decisión, que no es otra que cumplir con la ley.

Luego del "brindis" la pregunta sería: "don Carlos ¿los aportes que me robó todo este tiempo, me los va a pagar?"

La cosa no termina acá. Ya con el público en el bolsillo, Don Carlos remata su speech con una frase increíble: "ahora está tudo bom, tudo legal", ¡Sí, en portugués! Y con un acento de "argento" veraneante en Florianópolis (vacaciones en parte financiadas con los aportes que se comió durante años)...

¿De qué mente arrevesada surgió que esa frase tan relajada y casi festiva, tan usada en el Brasil, pueda ser utilizada para algo tan indigno como reconocer institucionalmente -¿hay dudas de que quien enuncia es el Estado argentino?- la ilegalidad de un vínculo laboral que pareciera querer regularizarse (no sin singulares beneficios para los empleadores, claro)?

¿No es un despropósito que se trate ¡desde el Estado! con tanta liviandad el respeto a los derechos de los trabajadores?
¿Cuál es el rol de la AFIP antes de este Plan de Regularización que tantas ventajas otorga a los empleadores que se decidan a ganar un poquito menos y pagar lo que corresponde?

A semejante desatino no hay marca ni normalización gráfica que lo resuelva.

En última instancia, esta es la manera en la que la AFIP y el Estado argentino entienden hoy la relación trabajador-empleador. A su vez, la reflejan claramente en este aviso que, desde su torpeza, es patéticamente honesto.

* Ente encargado de ejecutar las políticas impulsadas por el Poder Ejecutivo Nacional en materia tributaria, aduanera y de recaudación de los recursos de la seguridad social (Extracto de la web institucional de la AFIP).

22 de mayo de 2009

El espíritu olímpico va de compras



Durante mucho tiempo los Juegos Olímpicos han sido el bastión del deporte amateur. Es decir, el deporte hecho sin el objetivo excluyente de generar y ganar dinero sino como columna del legendario mens sana in corpore sano, la sana competencia del "que gane el mejor" y la gradual superación de los límites físicos del atleta.

En la antigua Grecia los atletas -siempre hombres- competían desnudos y el premio por ganar en su disciplina eran vasijas repletas de aceite de oliva, la eterna corona de laureles y comida gratis de por vida. El premio de ser campeón olímpico era no más, ni menos, que eso.

Los JJOO ya casi no registran al amateurismo, son incontables los casos de deportistas que se ganan la vida compitiendo y generando miles y miles de dólares con contratos publicitarios, de indumentaria deportiva o de cualquier tipo y color. Hoy, el premio sigue siendo simbólico -la corona de laureles permanece intacta a través de los siglos; un ramo de flores y la ansiada medalla- aunque éste luego se transforme en más y mejores convenios comerciales entre el deportista (imagen de inmejorable salud para las marcas) y empresas de la más variada índole.

A menos de un año de terminados los JJOO de Beijing se inaugura en Buenos Aires un megacentro comercial: DOT (punto, en inglés). El recurso utilizado para publicitar semejante obra (decenas de millones de dólares dedicados a apostar al consumo, lo que en un escenario recesivo de escala mundial no parece poco) es justamente la recreación de una ceremonia de inauguración de JJOO, en este caso los dedicados al dios Consumo, en vez de a Pélope y al panteón presidido por Zeus.

La puesta en escena toca teclas de humor pero sin perder cierta verosimilitud: cientos de extras; el periodista Gonzalo Bonadeo -que tuvo una constante exposición en las transmisiones de Beijing 2008- presta su imagen participando del evento y hasta hay una antorcha olímpica llevada sólo por mujeres (¿Los hombres no vamos de shopping? Pareciera...) vestidas elegantemente.
Todo se corona con la ignición de la llama olímpica, mediante una flecha lanzada por una temerosa dama (recurso tomado, el de la flecha, no el de la dama, de una ceremonia de apertura real: si mal no recuerdo Atlanta'96 o Sydney 2000).

En realidad, si lo pensamos mejor y volvemos al inicio de estas líneas, no es tan extraño el vínculo entre un shopping y los JJOO de hoy en día. La inversión publicitaria y la atronadora profusión de marcas que se exponen en el transcurso de los Juegos se parece bastante al zoológico comercial que suele ser un centro comercial. La ropa vestida por los atletas es vendida luego en el shopping, a precio globalizado (tanto su costo como su precio de venta) y ellos mismos, muchas veces, nos invitan a través de atractivos avisos a que compremos su calzado o su chomba.

De este modo -explotar el poderoso vínculo entre el deporte y el consumo-, cierra el círculo y se configura la lógica que permite que DOT, para anunciar su nacimiento, eche mano al imaginario olímpico sin mayores traumas.

Ignorando, olímpicamente, la otrora histórica asociación de los JJOO con la humildad del amateurismo y la sana competencia entre atletas en igualdad de condiciones, sólo por el honor de ser los campeones.

3 de noviembre de 2008

Fuera de registro



Vamos al grano, ya que el resultado del análisis es claro:

¿En qué estaba pensando el o los responsables de aprobar el diseño del packaging de Ibutenk (Lab. Biotenk) cuando dieron el bendito "ok" tantas veces anhelado por nosotros, los diseñadores gráficos?

¿En qué estaba pensando el diseñador encargado de realizar dicha pieza cuando hizo o aprobó la ilustración utilizada para resolver la imagen del producto en cuestión?

¿Saben, las partes implicadas en este trabajo, del profundo miedo que causa ese rostro cuando se lo observa, gigante, desde la esquina de las avenidas Corrientes y Pueyrredón*? ¿Han visto alguna vez películas de terror?

¿Porqué resolver la pieza de ese modo cuando, en realidad, el Ibutenk es un analgésico destinado a calmar agudos dolores en tejidos blandos... dolores que causarían la rabia necesaria para dibujar y pintar así una cara de un niño?

Esa sonrisa, ¿no es macabra en el contexto de ese dibujo (el analgésico que sienta bien)?

Se sabe que es dificilísimo imitar el trazo de un niño a la hora de recrearlo para su uso comercial... ¿se tuvo esto en cuenta a la hora de abrevar en ese lenguaje?

¿Cuántos testeos previos tuvo este packaging antes de ir a imprenta? No hablo de costosos focus groups; me refiero a un testeo interno, casero, casi amateur. Difícilmente una pieza así apruebe esa instancia básica. Hago una aclaración vital: no se habla aquí del grado de belleza de la pieza (que sea fea o linda no nos interesa en lo más mínimo), la intención es marcar el abismal "fuera de registro" gráfico que padece.

¿Estuvo, este trabajo, supeditado a caprichos de los dueños del laboratorio o es una construcción colectiva en la que todas las partes estuvieron de acuerdo en el resultado final? En cualquier caso, ¿se testeó la imagen de marca de Ibutenk luego de la llegada a las farmacias o góndolas? ¿Qué resultados dieron esos testeos?

Muchas preguntas...
Aunque a ese niño es mejor no preguntarle nada...

* En esa intersección -al menos hasta hace unos días- se encuentra una gigantografía del producto cuya figura protagónica es la ilustración. Realmente da miedo, no es broma.

21 de octubre de 2008

Travestis


Los signos tipográficos, me gusta decir, son flexibles, tienen buen carácter. Aguantan empujones y maltratos con bastante dignidad, y lo hacen a diario.


Lo que difícilmente toleran es que los obliguen a ser lo que no son. En el caso de un sistema como el alfabético, cada parte basa su identidad en sus diferencias con el resto. Si anulamos o alteramos esas diferencias fundantes llegamos a un puerto dudoso: el de la incomprensión de la palabra escrita (y si la palabra escrita no puede ser leída... ¿para qué existe?).

El caso del pobre '3' es dramático ya que se ve obligado a un doble travestismo: primero pasa de ser número a letra y luego se lo maquilla para que se transforme alternativamente en "M" o en "E"; o el caso del '7', no menos apremiado en su forzadísimo rol de 'L'.

Y lo más notable de esta resistencia (que bien usado es potente, ver imagen bajo este párrafo) es la negativa de los signos que, por su morfología, se niegan a perder su identidad -la N, la U, la Ñ- y le echan luz a la fragilidad del recurso.


Se me dirá que la materia prima de la Lotería Nacional son los números. Y que se "lee" sueños, emociones e ilusiones.


Yo contestaré que esa agitada legibilidad es prueba de la buena voluntad que tienen los signos tipográficos de hacerse entender, a toda costa.

Pero agregaré drásticamente que, donde hay números, se leen números. Para eso son números.
La combinación "10" jamás se leerá "io/IO" a primera vista. Se leerá "diez" y luego se decodificará el antojadizo contexto para atribuir nuevas relaciones y poder reconstruir aquél "io" para poder leer la palabra "ilusiones".

Y le prenderé una vela al buen uso tipográfico, que existe a montones y que disfruto, también, a diario.

7 de octubre de 2008

Poner la tapa

En la Argentina no son muchos los periódicos que explotan el potencial expresivo de sus tapas. Hace ya varios años, Página/12 inauguró un estilo que le dió personalidad y que terminó por generar piezas que aún hoy se recuerdan.

Jorge Lanata, antes en P/12 y hoy al frente de Crítica, sigue cavando por esta veta y sigue dándole buenos resultados. Al menos, desde nuestro modesto juicio.

Consigue, con muy poco, una tapa altamente visible en la trama del quiosco y establece un diálogo cómplice con el lector, jugando con el aciago "lunes negro" bursátil y esa coma juguetona que hace que el enunciado mute y se traslade a la mesa de un bar.

Porqué la placa de la marca del diario pasa a la gama "taximetreril" en vez de su usual rojo es una pregunta que quizá tenga su respuesta en pruebas de impresión y contraste (sobre negro, el amarillo "se ve más" que el rojo)... o en puro capricho.

Los ortotipógrafos pondrán el grito en el cielo: dirán -con razón- que falta la apertura del signo de exclamación... pero eso se lo dejamos a ellos.

6 de octubre de 2008

¡Rescatate!

Dentro de la enorme oferta de entretenimiento que habita en la televisión hay un programa que se emite por la señal Gourmet en el que es especialmente interesante el rol que juega el diseño gráfico, aún no siendo nombrado como tal.

Se trata de "Rescate Gourmet", un programa en el que dueños de restaurantes venidos a menos o con problemas económico-gastronómicos escriben al canal Gourmet para recibir un asesoramiento extremo (en una semana se implementa el lifting) que tiene sus raíces en el tan frívolo como pionero Fashion Emergency de la inefable señal E! Entertaiment Television. En aquel programa, recordemos, se modificaba el vestuario, peinado, maquillaje y calzado de una persona que pasaba de ser una "Doña/Don nadie" a un referente cool del barrio.

Volvamos a lo nuestro: en este caso, placas de durlok y catálogos de pinturas en mano, irrumpen los encargados del buen gusto en el local, entrevistándose con los dueños y revisando los puntos más flojos del lugar; criticando duramente primero y luego enseñándole a cocinar de nuevo a pobres cocineros -devenidos en chefs gracias a la impronta Gourmet- que ejercen su trabajo en cocinas de 3x3 de por sí mal organizadas desde el vamos... y replanteando el discurso visual, gráfico del restaurante. Y esto último es lo que nos interesa.

Más allá de lo violento que pueda ser que un establecimiento sea desvalijado en unos minutos y cambiada su fachada, el color de sus paredes, sus lámparas, su cocina y su barra, se encuentra esta detentación de los valores de lo bello y lo decorado que traen consigo los rescatistas Gourmet quienes, en realidad, modifican la apariencia de locales "del montón" por la de locales "cancheros". El problema radica en que los resultados se parecen muchísimo entre ellos, a fuerza de repetirse una y otra vez. Y si algo atenta con la identidad de algo es la carencia o ambigüedad de sus rasgos distintivos visibles, si es que los hay.


¿Cómo poder replantear una identidad en 7 días con reglas preestablecidas y fórmulas que han sido probadas ya mil veces en Palermo Hollywood sin echar por tierra la latente personalidad de locales que están atendiendo a comensales desde 5, 6 o 10 años?

¿Cuánto tiempo se invierte en indagar cuáles pueden ser los rasgos potencialmente rescatables del restaurante? En el aire, ninguno.

¿Porqué los dueños de los locales renuncian a lo que han construido -a los tumbos, quizá- de golpe y porrazo? ¿Tanto vale parecer? ¡Sí, claro que sí!

Entonces, pizzerías de barrio, restaurantes étnicos, cantinas y bares se amalgaman en una suerte de compendio de recursos estéticos, muchos de ellos remanidos, cuyo resultado es que terminan, los locales "rescatados", por parecerse más entre ellos que por distinguirse y potenciar sus particularidades.

Entonces, el chef enviado por Gourmet, devenido en superhéroe, literalmente tacha de un menú la palabra "minuta" por estar cansado de ella y porque va -según él- "contra la comida" (sic) y la reemplaza por "Comidas caseras" ante la pasiva mirada del cocinero para quien evidentemente la palabra minuta no es peyorativa sino simplemente lo que es: un plato hecho rápido, en minutos, ideal para el laburante que come casi de parado.

Y en eso, bajo la atenta mirada de pintores y albañiles que obedecen el ritmo del show, una decoradora con acento entre italiano y español modifica colores sin más explicación que su gusto personal (y sin consultarle absolutamente nada a los dueños del lugar, al menos no ante las cámaras) y descuelga cuadros, llena botellas con bolitas vidrio, cambia spots de luces y usa criterios decorativos que muchas veces son igual de cuestionables que los anteriores aunque, no hay que ser necio, otras veces hace lecturas del espacio que benefician concretamente al negocio: por ejemplo, reubicando el mobiliario para que en vez de poder atender a 20 cubiertos, se pueda atender a 30.

Casi al final de esa semana al rojo vivo -en la que el local cierra sus puertas, es decir, no factura- se llega a la modificación de la gráfica de cada uno de los restaurantes ya devenidos en 'restós'. Y caen en la volteada los menúes y las vidrieras. Y ambos espacios son tierra fértil para modificaciones arbitrarias y radicales de lo preexistente y en donde había un cartel pintado a mano, llega una Futura quirúrgica que estandariza el discurso visual del lugar. Todas estas, las modificaciones, realizadas por la decoradora sin que medie ninguna explicación proyectual que sustente los cambios. Ojo: no pretendo que aparezca un colega diseñador en cámara, sino que se le dé importancia al valor de los cambios para que todo no quede en un "cambiar porque sí", tan peligroso como vacío.


Al final, el menú se redujo -algo razonable para una cocina de 3x3-; el cocinero aprendió algunos trucos; las heladeras están organizadas y los tuppers correctamente etiquetados; los manteles y los floreros con fresias frescas están en la mesa; el canal Gourmet dejó vajilla y utensilios de primera calidad. En suma, el restaurante ganó cosas gastronómicamente valiosas y, de paso, fue rescatado. Aunque el salvavidas Gourmet no sirva para todo: el restaurante no es gráficamente el que era, idéntico a otros, pero es como otros, idénticos a él.

18 de julio de 2008

Horror vacuii


En el arte musulmán existe, entre otras características, una que tiene que ver con el rechazo que causa en aquella cultura el espacio vacío. Por eso se opta por ornamentar densamente todas las superficies desde edificios a páginas caligrafiadas. Aquella tendencia se llama horror vacuii, lo cual en latín significa "terror al vacío".

Tanto en el arte como en el diseño se aplica esa noción a la hora de enfrentarse a la hoja en blanco. Siendo, como aún somos, trabajadores 2D, la hoja en blanco representa un infinito de posibilidades compositivas que puede abrumar a más de uno.

La multiplicidad de caminos que se nos abren a los diseñadores (dejo de lado a los artistas y su universo) ante el plano vacío puede disparar resultados más o menos claros, claridad vital si tenemos en cuenta que tratamos de comunicarle algo a alguien con la menor cantidad de equívocos posible -sobre todo si se trata, como este caso, del volante de un comercio.

En esta oportunidad, ante el horror al espacio vacío... obturo todo el plano con cuanta cosa pueda valerme y genero un entramado de ardua lectura en el cual es engorroso establecer jerarquías, entender qué leer primero y de qué quiere que me entere la gente de AutoLook, todo en lo que dura un semáforo...

Evidentemente, veo "AutoLook", veo "Plan Canje", algún teléfono... y a partir de ahí agarrate fuerte que nos vamos a hamacar: marcas entretejidas, efectos de dudosa calidad, palabras compuestas con casi todas las variables posibles de un par de sans-serifs pero sin un orden lógico. Una pieza 100% confusa, que me cuenta tres o más cosas a la vez y que me deja aturdido y más aún, sumando el rojo magentoso de su impresión. Una pieza que, sin duda, contó con la aprobación -su existencia lo corrobora- de un cliente que pidió "meter todo" y no dejar nada "en blanco".

Puro horror vacuii, vigente como nunca. Como siempre.