21 de octubre de 2008

Travestis


Los signos tipográficos, me gusta decir, son flexibles, tienen buen carácter. Aguantan empujones y maltratos con bastante dignidad, y lo hacen a diario.


Lo que difícilmente toleran es que los obliguen a ser lo que no son. En el caso de un sistema como el alfabético, cada parte basa su identidad en sus diferencias con el resto. Si anulamos o alteramos esas diferencias fundantes llegamos a un puerto dudoso: el de la incomprensión de la palabra escrita (y si la palabra escrita no puede ser leída... ¿para qué existe?).

El caso del pobre '3' es dramático ya que se ve obligado a un doble travestismo: primero pasa de ser número a letra y luego se lo maquilla para que se transforme alternativamente en "M" o en "E"; o el caso del '7', no menos apremiado en su forzadísimo rol de 'L'.

Y lo más notable de esta resistencia (que bien usado es potente, ver imagen bajo este párrafo) es la negativa de los signos que, por su morfología, se niegan a perder su identidad -la N, la U, la Ñ- y le echan luz a la fragilidad del recurso.


Se me dirá que la materia prima de la Lotería Nacional son los números. Y que se "lee" sueños, emociones e ilusiones.


Yo contestaré que esa agitada legibilidad es prueba de la buena voluntad que tienen los signos tipográficos de hacerse entender, a toda costa.

Pero agregaré drásticamente que, donde hay números, se leen números. Para eso son números.
La combinación "10" jamás se leerá "io/IO" a primera vista. Se leerá "diez" y luego se decodificará el antojadizo contexto para atribuir nuevas relaciones y poder reconstruir aquél "io" para poder leer la palabra "ilusiones".

Y le prenderé una vela al buen uso tipográfico, que existe a montones y que disfruto, también, a diario.

7 de octubre de 2008

Poner la tapa

En la Argentina no son muchos los periódicos que explotan el potencial expresivo de sus tapas. Hace ya varios años, Página/12 inauguró un estilo que le dió personalidad y que terminó por generar piezas que aún hoy se recuerdan.

Jorge Lanata, antes en P/12 y hoy al frente de Crítica, sigue cavando por esta veta y sigue dándole buenos resultados. Al menos, desde nuestro modesto juicio.

Consigue, con muy poco, una tapa altamente visible en la trama del quiosco y establece un diálogo cómplice con el lector, jugando con el aciago "lunes negro" bursátil y esa coma juguetona que hace que el enunciado mute y se traslade a la mesa de un bar.

Porqué la placa de la marca del diario pasa a la gama "taximetreril" en vez de su usual rojo es una pregunta que quizá tenga su respuesta en pruebas de impresión y contraste (sobre negro, el amarillo "se ve más" que el rojo)... o en puro capricho.

Los ortotipógrafos pondrán el grito en el cielo: dirán -con razón- que falta la apertura del signo de exclamación... pero eso se lo dejamos a ellos.

6 de octubre de 2008

¡Rescatate!

Dentro de la enorme oferta de entretenimiento que habita en la televisión hay un programa que se emite por la señal Gourmet en el que es especialmente interesante el rol que juega el diseño gráfico, aún no siendo nombrado como tal.

Se trata de "Rescate Gourmet", un programa en el que dueños de restaurantes venidos a menos o con problemas económico-gastronómicos escriben al canal Gourmet para recibir un asesoramiento extremo (en una semana se implementa el lifting) que tiene sus raíces en el tan frívolo como pionero Fashion Emergency de la inefable señal E! Entertaiment Television. En aquel programa, recordemos, se modificaba el vestuario, peinado, maquillaje y calzado de una persona que pasaba de ser una "Doña/Don nadie" a un referente cool del barrio.

Volvamos a lo nuestro: en este caso, placas de durlok y catálogos de pinturas en mano, irrumpen los encargados del buen gusto en el local, entrevistándose con los dueños y revisando los puntos más flojos del lugar; criticando duramente primero y luego enseñándole a cocinar de nuevo a pobres cocineros -devenidos en chefs gracias a la impronta Gourmet- que ejercen su trabajo en cocinas de 3x3 de por sí mal organizadas desde el vamos... y replanteando el discurso visual, gráfico del restaurante. Y esto último es lo que nos interesa.

Más allá de lo violento que pueda ser que un establecimiento sea desvalijado en unos minutos y cambiada su fachada, el color de sus paredes, sus lámparas, su cocina y su barra, se encuentra esta detentación de los valores de lo bello y lo decorado que traen consigo los rescatistas Gourmet quienes, en realidad, modifican la apariencia de locales "del montón" por la de locales "cancheros". El problema radica en que los resultados se parecen muchísimo entre ellos, a fuerza de repetirse una y otra vez. Y si algo atenta con la identidad de algo es la carencia o ambigüedad de sus rasgos distintivos visibles, si es que los hay.


¿Cómo poder replantear una identidad en 7 días con reglas preestablecidas y fórmulas que han sido probadas ya mil veces en Palermo Hollywood sin echar por tierra la latente personalidad de locales que están atendiendo a comensales desde 5, 6 o 10 años?

¿Cuánto tiempo se invierte en indagar cuáles pueden ser los rasgos potencialmente rescatables del restaurante? En el aire, ninguno.

¿Porqué los dueños de los locales renuncian a lo que han construido -a los tumbos, quizá- de golpe y porrazo? ¿Tanto vale parecer? ¡Sí, claro que sí!

Entonces, pizzerías de barrio, restaurantes étnicos, cantinas y bares se amalgaman en una suerte de compendio de recursos estéticos, muchos de ellos remanidos, cuyo resultado es que terminan, los locales "rescatados", por parecerse más entre ellos que por distinguirse y potenciar sus particularidades.

Entonces, el chef enviado por Gourmet, devenido en superhéroe, literalmente tacha de un menú la palabra "minuta" por estar cansado de ella y porque va -según él- "contra la comida" (sic) y la reemplaza por "Comidas caseras" ante la pasiva mirada del cocinero para quien evidentemente la palabra minuta no es peyorativa sino simplemente lo que es: un plato hecho rápido, en minutos, ideal para el laburante que come casi de parado.

Y en eso, bajo la atenta mirada de pintores y albañiles que obedecen el ritmo del show, una decoradora con acento entre italiano y español modifica colores sin más explicación que su gusto personal (y sin consultarle absolutamente nada a los dueños del lugar, al menos no ante las cámaras) y descuelga cuadros, llena botellas con bolitas vidrio, cambia spots de luces y usa criterios decorativos que muchas veces son igual de cuestionables que los anteriores aunque, no hay que ser necio, otras veces hace lecturas del espacio que benefician concretamente al negocio: por ejemplo, reubicando el mobiliario para que en vez de poder atender a 20 cubiertos, se pueda atender a 30.

Casi al final de esa semana al rojo vivo -en la que el local cierra sus puertas, es decir, no factura- se llega a la modificación de la gráfica de cada uno de los restaurantes ya devenidos en 'restós'. Y caen en la volteada los menúes y las vidrieras. Y ambos espacios son tierra fértil para modificaciones arbitrarias y radicales de lo preexistente y en donde había un cartel pintado a mano, llega una Futura quirúrgica que estandariza el discurso visual del lugar. Todas estas, las modificaciones, realizadas por la decoradora sin que medie ninguna explicación proyectual que sustente los cambios. Ojo: no pretendo que aparezca un colega diseñador en cámara, sino que se le dé importancia al valor de los cambios para que todo no quede en un "cambiar porque sí", tan peligroso como vacío.


Al final, el menú se redujo -algo razonable para una cocina de 3x3-; el cocinero aprendió algunos trucos; las heladeras están organizadas y los tuppers correctamente etiquetados; los manteles y los floreros con fresias frescas están en la mesa; el canal Gourmet dejó vajilla y utensilios de primera calidad. En suma, el restaurante ganó cosas gastronómicamente valiosas y, de paso, fue rescatado. Aunque el salvavidas Gourmet no sirva para todo: el restaurante no es gráficamente el que era, idéntico a otros, pero es como otros, idénticos a él.