23 de noviembre de 2012

QEPD


Y EKI Discount, segundos después de poner este cartel en la puerta, murió de tristeza. 

Por suerte apareció un señor, francés, que pagó los gastos del velorio y del entierro; al otro día pintó el boliche, acomodó las latas y se puso a vender de nuevo.

Diseño también es


Hacer, cada tanto, agujeritos, canaletitas o lo que vos quieras para que drene el agua de lluvia.

Bifaz


Y Pergolini se enojó mucho al ver su cara deformada en la calle. 
Colorín colorado, este cliente se ha terminado.

Yo estoy al derecho


Colega, ten a bien no rotar las letras ya que ellas, pobrecitas, se marean con facilidad y les agarra un trastorno severo de personalidad. Fíjate como será que allí donde se debería leer uno mismo se lee unoowsiw.

19 de noviembre de 2012

Idiotez


¿Qué escala podrá utilizarse para medir la idiotez de los cráneos que idearon esta campaña? Se me ocurre que no es fácil ese trabajo. Son muy idiotas, extremadamente idiotas. ¿Qué los hace pensar que el uso de este tipo de imágenes puede hacer que un fumador deje de serlo? ¿Cuánto dinero en consultorías, en focus-groups se habrá gastado para sostener el chamuyo?

Esta línea discursiva —torpe, sin ninguna luz— es muy similar a la de la asociación Luchemos por la vida, muy afecta a creer que mostrando cráneos estallados o fierros retorcidos la gente va a tener más apego a las reglas de tránsito...

No lo soy, pero apostaría mi cabeza a que un fumador, ante la desagradable imagen de este paquete, hace algo muy simple: ¡compra un atado que no la tenga; que tenga el ridículo piecito etiquetado del cadáver o el improbable pulmón chamuscado... o hasta la del nene afligido con máscara de oxígeno! Por otra parte y yendo más al detalle: ¿cuál es la relación entre el deterioro de la capacidad pulmonar y esta triste imagen? ¿Es esta la manera más efectiva de representarla? ¿O sólo se busca un impacto rastrero, abyecto?

Estos cráneos además de idiotas son inoperantes ya que parece ser que este pobre e ignoto señor, sino muerto, moribundo y rayano en un estado seudo-zombiesco, es el padre de unas personas que recientemente —luego de haber pasado por el penoso trauma de reconocer a su padre en un atado de cigarrillos— le exigieron a quien sea que tenga que hacerse cargo que no utilice más esa imagen ya que nadie les pidió permiso (por eso mismo, desenfoqué parte del rostro; la imagen original no tiene ese efecto).

¡Cuánto más simple es apelar a este cruel atajo, a la más burda literalidad, a la trampa de la imagen que no cumple nada de lo que promete, que promover campañas que eduquen, que informen, que generen responsabilidad y que quien, aún luego de haberse enterado de todo lo malo que es el cigarrilo, desee fumar, sepa cuáles son las consecuencias sin que eso signifique la obligación de entrar en un infantil tren fantasma!

5 de noviembre de 2012

La marca suprematista


Parece ser que Kasimir Malevitch decidió en un momento de su vida, cerca de 1910, dejar el realismo luminarista tan propio de las escuelas europeas para dedicarse a un cubismo analítico de formas geométricas que asemejaba su obra de aquel entonces a las de Wassily Kandinsky. Entre 1913 y 1915, Malevitch, ya separado de los modos y pensares del cubismo y del futurismo, se dedica a la consecución de su objetivo pictórico por excelencia: la expresión de un cuadro sin objeto. Declara fundamentales al cuadrado, al círculo y a la cruz ya que son símbolos de intuición primitiva a la vez que portadores de asociaciones mágicas.
Malevitch expone en 1913 su famoso cuadro "Cuadro negro sobre fondo blanco" que él mismo interpreta como "iconos desnudos enmarcados".

La nueva marca del Centro Cultural General San Martín (CCGSM) le rinde, a mi modesto entender, un sentido homenaje a Kasimir Malevitch, quien abogaba por el sentimiento ilustrado de una manera abstracta y por la liberación de la descripción figurativa que había comenzado con el cubismo y que él, con su suprematismo, intentaba coronar.

Quizá sea cierto que no parece ser una marca amena, cercana, humana, que escapa al universo simbólico que uno espera encontrar en el registro de los centros culturales. Y quizá eso sea un mérito, no lo sé. Tampoco creo que su autor haya bebido en aguas suprematistas antes de diseñarla. Más suena a un ejercicio compositivo geométrico-abstracto que, a sabiendas o no, opaca toda transparencia de intenciones y coloca al CCGSM en un terreno más cerca de lo críptico, de lo vanguardista en el sentido de lo incomprendido (Malevitch también lo fue, ya que pasó al olvido sin pena ni gloria, salvo en los reducidos ambientes amantes de la pintura abstracta).

Uno, como humano limitado y tendiente a buscar analogías que es, piensa: ¿es una silla renga? ¿son encastres? ¿es un 4? ¿A qué se deben sus proporciones, su disposición, el largo y la cantidad de las piezas? Ninguna de estas preguntas tiene pronta respuesta; la marca no da pistas y se abroquela, desafiante.

Alguna explicación tendrá este camino. No la sabemos. Lo único que puedo hacer para cerrar es desearle una larga vida al CCGSM y a su oferta cultural que es, en definitiva, lo que importa.


Bibliografía: Thomas, Karin: "Hasta hoy. Estilos de las artes plásticas en el siglo XX", Ediciones del Serbal, 1994

17 de septiembre de 2012

Al dente


Que la publicidad es denostada por muchos con razón, es cierto y válido. Tan cierto y válido como que todos consumimos, en alguna medida, publicidad. Desde el preciso momento en que vivimos en un sistema económico —que es, en todo caso, lo que debería ser denostado— en el que hay infinidad de mercancías para comprar y que esas mercancías compiten entre ellas para ser las compradas y no otras, la publicidad se transforma en algo crucial ya que establece el vínculo (tanto meramente informativo como taimadamente afectivo) entre el potencial comprador y el producto.

El tema es complejo y apasionante pero como no soy economista ni lo quiero ser, el objetivo de este post baja pretensiones y se allana: apunta a alabar estéticamente el aviso de la marca de pastas secas Matarazzo la que, hábilmente, le da un cachetazo a todas las otras marcas que plantean a la pasta como una comida familiar, estereotipada, sin otro acompañamiento que el tuco y con la mamá hacendosa al frente de la cocina, esperando a papá que llega cansado del trabajo con rigurosos dos niños sentados juiciosamente a la mesa.

El aviso hay que verlo y disfrutarlo (la música elegida —"Burn", de Deep Purple— es extraordinaria) ya que es transparente en sus intenciones y en su bienamado y omnipotente target: personas de veinti, treinti (¿cuarenti?) pico de años a las que los fideos las sacan de un apuro, ya que se hacen rápido, aunque sea con distintos acompañamientos y formas. La nona y la familia no quedan de lado (¡estamos hablando de publicidad masiva!) pero el modo, el tono y la factura técnica hacen que este aviso se destaque en su rubro*.

El círculo del consumo se completaría si yo, ahora, voy a un almacén o a un supermercado y compro Matarazzo. No creo que ocurra, ya que suelo consumir otra marca de fideos y la publicidad no es tan poderosa como se suele creer, pero sí creo que es justo decir que el aviso da ganas de comerse un buen plato de fideos, subir el volumen y mover la patita.

* Algo similar ocurre con Luchetti y su simpática familia animada.

4 de septiembre de 2012

La salud de las instituciones, segunda parte


El diseño gráfico suele jugar en dos terrenos complementarios, el del ser y el del parecer. No hay misterios: no alcanza con ser genuinamente sino que hay que parecer serlo, y de manera clara y convincente. Si no, hay problemas.

En este caso, el baldío sigue siendo un baldío inmundo y mugriento; la puerta de acceso sigue estando atada con alambre y algo desencuadrada pero... hay alguien, sensato, que se encargó de mandar a hacer este simple cartel, el cual cumple una función a todas luces importante: la institucional. Además, comunica que allí no se puede estacionar porque  funciona, no un aguantadero como puede intuirse por su apariencia, sino una playa de estacionamiento policial, correspondiente a la comisaría 12; todo rubricado con el escudo de la PFA, como corresponde.

No obstante que hay altísimas chances de que no haya habido un diseñador gráfico involucrado en la resolución de esta pieza, debemos decir que el cartel no cumple con requisitos básicos de legibilidad a distancia (no se ve de costado y, por su reducido tamaño, a unos cinco metros cuesta leer qué dice abajo de la señal de "Prohibido estacionar") ni responde a un código visual utilizado por la Policía en otros soportes (aunque quizá no exista tal código...), pero esto no tiene tanto valor como que alguien, anónimo, notó que lo otro era grosero, burdo y sospechoso.

3 de septiembre de 2012

Lalala Nación


Fuente: www.lanacion.com

Entre ácido y banalmente crítico, lo primero que pienso cuando leo la nutrida y elegante batería de justificativos, razones y explicaciones de los cambios en el diseño de un diario de la magnitud de La Nación es "si tan mejorables eran todas esas cosas, ¿porqué no las cambiaron antes?".

Luego, más serio, rastreo con avidez la cuestión tipográfica, crucial en un periódico. Y en este caso encuentro, con cierta decepción, que, una vez más, un diario argentino no eligió tipografía argentina (o hecha por argentinos en el exterior) para componerse. Esto, lejos del chauvinismo barato, es signo de que la vasta e innegable producción de tipografía de calidad que se da en estos lares aún no ha logrado la suficiente versatilidad o visibilidad como para competir con Europa o EEUU, centros mundiales del diseño tipográfico occidental y de excelencia. Es más, pienso, ante la eventual e improbable ausencia en el mercado de fuentes argentino de un sistema tipográfico de las características buscadas por el diario no es loco pensar que podría haberse encargado su diseño a pedido y a medida a una fundidora local. Pero no, mejor vamos con dos familias portuguesas (Prumo y Sueca; bellas, elásticas y funcionales, cómo negarlo) que le hacen honor al papel que la inmigración tiene en nuestra historia...

Por otra parte, ¿por qué cambia de diseño un diario? Creo que LN no cambió radicalmente, eso hubiera sido una locura: entre otras muchas cosas, se modificaron tipográfica y espacialmente algunas de sus cabeceras y balcones; se trabajó en el lenguaje visual de infografías y gráficos; se agregaron algunas cosas novedosas —como el ristretto, en el que el editor explica porqué es importante la noticia que se leyó o se está por leer o la interesante y renovada parte de entretenimientos de la reiteración* de la contratapa (sic)—; un suplemento más, el sábado (imperdible y simpática gaffe ver copetes y textos de sus miniaturas compuestos en algo similar al famoso "Lorem ipsum") y un tanto anémico rediseño, desde el nombre hasta el interior, de la revista dominical, que deja de llamarse LNR y pasa a llamarse R

En resumen, se dosificaron hábilmente pulcros cambios estéticos a la medida del lector del diario que, ya se sabe, es es su mayoría conservador (no digamos de derecha que suena duro), de clase media, media-alta o más bien alta... y con espacio: el diario sigue siendo, y seguirá mientras haya bosques para talar, sábana lo cual excluye su lectura en espacios reducidos o parado mientras se viaja en subte. Se mantuvo la elegancia, con guiños y aggiornamientos que siguen por el mismo camino que el diseño anterior, sin revolver demasiado el estofado, como debe ser. Creo, dicho esto, que el diario sigue siendo lo que era, pero con una lavada de cara que en algunos casos es atractivo maquillaje —lo renovado siempre atrae— y en otros propuesta y clara mejoría en la experiencia de lectura.

Una cosa loable del rediseño es la prolijidad de entregarlo todo junto, de golpe, sin baches. Un trabajo titánico del equipo encargado de hacerlo que realmente no parece, a simple vista, tener desajustes.

Fuera de este post quedará quizá lo más sustancioso y debatible que es, como siempre que se habla de diseño gráfico, la relación inextricable que hay entre forma y contenido; y si de contenidos hablamos, La Nación seguramente seguirá otros 142 años igual, sin rediseño que valga.


* Errata observada en el diario; debió decir retiración.

30 de agosto de 2012

Knock out


En el cine argentino es frecuente ver películas cuyos afiches parecen haber sido diseñados 15 minutos antes del estreno, ya sin energías, sin ideas y, sobre todo, sin dinero.

El panorama suele oscurecerse en producciones cuyos presupuestos parecieran, de antemano, ser lo suficientemente abultados como para planificar el diseño de las piezas gráficas (afiches, avisos, press books, secuencia de títulos* y muchos etcéteras) con comodidad y para evitar sobresaltos o resultados de baja calidad que, en cierto modo, afectan en alguna medida —sin dudas mensurable— la percepción que el público tiene sobre el film. Al menos, de parte del público.

Sin embargo, cualquiera que haya ido al BAFICI sabe que hay muchas películas argentinas independientes y de bajo presupuesto que cuidan mucho "la gráfica" y establecen una sólida y coherente relación con el público desde el mismo momento en que sus afiches se pegan en la pared. Bienvenidas todas ellas.

Yendo al grano: si hay un deporte que tiene un bagaje visual rico y sustancioso es el boxeo. Existe un arraigado lenguaje gráfico y tipográfico que constituye la identidad, muy fuertemente, de ese deporte. El boxeo es un deporte con personalidad propia. 

La película La pelea de mi vida trata sobre la vida de dos boxeadores. Y los diseñadores de sus piezas gráficas decidieron —o fueron obligados a— ignorar el registro visual propio del box y apelar a recursos impersonales, con efectos en las letras más del tipo "Los bañeros más locos del mundo 2" que de la querible y sincera precariedad del pugilato. 

Y no faltará quien diga que el boxeo también sabe de brillos y de luces... y es verdad. Bueno, tampoco se apeló a esa suntuosidad algo kitsch que tienen todos los grandes combates por el título.

No: mejor que vayan bien, bien grandes las fotos de los galanes que convocan con sus cuerpos transpirados y musculosos; el niño en el medio (que hace del hijo de uno de los dos, según escuché) y una sombra de un ring, como para echarle una última gotita al vaso de la literalidad.

Lo escribo porque lo creo profundamente: una película con un afiche malo tiene muchas más chances de ser mala y, por otra parte, un afiche bueno de una gran película... es de colección.

En este caso, no queda otra que esperar las críticas.


* Alguna vez entenderé porqué el diseño de las piezas gráficas es distinto (muchas veces de manera desconcertante) al diseño de los títulos de la película. Todavía no llegó ese momento.

17 de agosto de 2012

Leer lo ilegible



La cultura de la ilegibilidad nace y se desarrolla en muchos frentes. La economía y la política son ejemplos cabalmente obvios pero nunca hay que darse el lujo de soslayar otros.

Desde comunicaciones oficiales a campañas políticas, desde medidas económicas que nos son contadas a medias o haciendo uso de géneros discursivos que no dominamos pero cuyos alcances (los de las medidas) nos van a afectar mucho más que a quienes las enuncian. Desde hechos y cuestiones que vemos pasar y que no logramos descifrar. Hechos y cosas ilegibles, tramposas.

Y aquí me detengo. ¿Lo ilegible es tramposo? O mejor dicho, ¿apostar a la ilegibilidad de un mensaje es hacerle trampa a sus posibles destinatarios?

Creo que decir algo para no decir otra cosa habla de cierta falta de transparencia. Pero por otra parte ¿existe la transparencia en la comunicación?



Las letras sirven para comunicarnos.

Si uno escribe o compone enunciados con tipografía es porque desea que sean leídos —decodificados correctamente— y pare ello es preciso contemplar aspectos perceptuales, funcionales y morfológicos.

El lenguaje, origen y causa del raciocinio humano se compone —en sus formas escritas (cuando las tiene)— de un conjunto de signos que tienen una estructura básica y no otra. Esa forma es la que el diseñador de tipos recrea y hace renacer una y otra vez.

El diseñar desde la ilegibilidad es una decisión que muchas veces puede ser a causa del deseo de potenciar la expresividad, conseguir simple ornamento o bien, no tener (ni querer) decir nada concreto.

El mundo que nos rodea está repleto de mensajes pero se dice poco y nada. Quizá sea que no conviene dar muchas precisiones ni jugarse demasiado por algo. Un mundo inestable, en el que queremos estar enterados de todo lo que nos rodea pero perecemos en un mar de información cruzada, confusa, falaz. Ilegible.

¿La realidad es ilegible? ¿O conviene hacerla lo más ilegible que sea posible? Concretamente, ¿por qué no permitir la correcta lectura de determinados enunciados? ¿Por qué crear tipografías o composiciones que parecen no haber nacido para ser leídas?

Si hay algo concreto que decir, se dice y punto. ¿Y punto?

No existe la univocidad. Si los mensajes, de repente, se corporizasen en finos hilos no podríamos movernos ni un milímetro de donde estemos parados de tamaño matete que se armaría.


Digo: legible no implica unívoco.


Podemos componer un texto brillantemente y podemos lograr, de ese modo, que su lectura sea pausada y descansada. Lecturable. Pero ¿podemos lograr una mejor comprensión del mismo? En absoluto creo que esto dependa de la legibilidad. Quizá sea cierto que si ponemos palos en la rueda al reconocimiento óptico de los caracteres no estemos ayudando a una correcta comprensión del texto… pero yo me quedo con el concepto de decodificación.

La decodificación no depende solamente de que uno esté alfabetizado o no. Lo decodificable es asimilado con mayor rapidez por nuestra mente, de esta forma nuestro cerebro comienza a batirse para asignar significados y establecer relaciones. La energía que demanda este proceso no es poca y no invertirla nos hace sin duda más vacíos, más laxos, más vulnerables.

No podemos resignarnos a no leer. Tenemos que verdaderamente leer lo que nos rodea.

"Hay que leer la letra chica" reza el dicho que advierte sobre posibles futuros dolores de cabeza que puede traer firmar contratos o convenios sin la conveniente precaución. Que la letra en donde se dice lo importante y que, irónicamente, no hay que dejar de leer sea absurda y taimadamente pequeña no puede obedecer a cuestiones económicas de ahorro de papel y tinta. La idea subyacente es esconder (vale agregar que no siempre el texto debe estar chico para que esconda su significado…). Ilegibilidad a propósito.

La versión cinética de este fenómeno se observa en las bases y condiciones de concursos promocionados televisivamente. En los avisos de estos concursos uno suele ver la aparición súbita de una chorrera de texto microscópico a toda velocidad que, en vez de permitirnos descifrar sus contenidos, nos dice muy clara y legiblemente: “no quiero que me leas, sólo existo por una cuestión legal que no tiene sentido que sepas".

Hay también una versión auditiva de este fenómeno: las voces ridículamente aceleradas de los locutores de algunas promociones transmitidas por radio que en uno o dos segundos recitan bases y condiciones que tomaría diez o más decir correctamente. Legiblemente.


En definitiva, siempre que quien enuncia opta por la ilegibilidad como recurso lo hace de modo conciente —o más bien, nada inocente—, más allá de que pueda estar influido por tal o cual moda de turno.

El diseño es altamente permeable a la moda. Digo moda para tratar de resumir aquellas tendencias que nacen en países centrales y que se derraman lenta pero implacablemente sobre nuestros cerebros periféricos.

Muchos libros de diseño que compramos, revistas que leemos y páginas web que navegamos nos bajan línea sobre qué es lo que va a usarse la próxima temporada. Este mensaje sí es contundente, legible.

Hay muchos diseñadores que eligen subirse a este tren cuanta vez lo ven acercarse al andén, tratando de generar un discurso a tono con el presente y consecuentemente con ello, más ingresos y más clientes ávidos de esa cualidad: estar a tono con el ahora, con el momento. Que sus mensajes sean legibles hoy, ahora. Ya.

Sin embargo hay diseñadores que toman otra ruta. Enuncian desde otro lado. Apuntan y hacen uso de cuestiones más básicas —clásicas, debería decir— de la retórica. Figuras y recursos que distan de pasar de moda ya que están entre nosotros desde hace miles de años (y no exagero: miles) y cuyas expresiones gráficas siguen siendo, en cabezas y manos adiestradas, tan efectivas y potentes como siempre. Legibles.

No tengo ni qué decir que el atarse a la moda —esencialmente efímera— implica agarrarse fuerte para aguantar los vaivenes que ella tenga en su corta o larga existencia, por lo que nuestro trabajo será carne de esa inestabilidad. Los mensajes "a la moda de" que diseñemos pasarán a ser no sólo equívocos (como todos) sino también efímeros.

Diseñar es distinguir


Hace algunos años que se me ocurrió esta frase para definir nuestro trabajo. La síntesis, la fácil digestión y  memorización, es el encanto del slogan,  de la idea-fuerza o de como sea que se pueda llamar.

Diseñar es distinguir. 

Tres palabritas, nada más. Creo que funciona.

¡Una manteca!


En los tiempos del branding, de la híperespecialización, de gurúes, de verso y de teoría... el inefable Alberto Samid sale a la calle con este fotomontaje marginal, desarreglado, al mejor estilo "Todo por 2 pesos". Pero ojo: poniéndole la cara a su extensa cadena de carnicerías La Lonja, en la que, según él, se vende la mejor carne del mundo. que es, claro, la argentina.

Es imposible no imaginar el proceso de creación de esta marquesina, en el que "El rey" Samid seguramente supervisó personalmente todo con frases como:

Nene, la corona que tenga algo más de oro, que brille más.
¡Sacame las papada, querido!
Salí con la boca abierta... ¡qué salame! No... dejá esa foto, no tengo ganas de sacarme otra.
¿Quedó bueno, eh? ¡Me gusta, che! ¡Sí, sí!
El número bien grande... más grande. ¡Más!

29 de junio de 2012

En letra viva

Fuente: www.bild.de

Es indudable que en la redacción del diario alemán Bild, pese a ser sensacionalista, hay espacio para el romanticismo. Pareciera ser que algunos datos aislados (la venta de 12 millones de smartphones en 2011 en territorio germano; que en el 79% de los hogares hay una computadora y que según un estudio, cuya fuente no queda del todo explícita, hace seis meses que uno de cada tres adultos no escribe nada a mano) encendieron la luz de alerta en los responsables del periódico quienes, ni lerdos ni perezosos, tomaron una decisión de diseño —partido gráfico, en cierta jerga académica— muy potente y arriesgada: resolver la portada del diario con letras manuscritas, urgentes, variopintas como debe ser, todas realizadas por trabajadores del propio Bild.


A no desesperar ya que, según algunos especialistas argentinos consultados al respecto, la escritura manuscrita está lejos de morir (como el libro en papel o la injusticia) pero así y todo, el camino elegido por los alemanes es, además de atractivo y sorprendente, útil para poner un tema en agenda y debatirlo, al menos por unas horas, hasta la aparición de un nuevo escándalo. Y más allá de eso, apostaría a que ese día el diario se vendió más...


Nótese, ya casi apagando la luz, que por más ingeniosa que haya sido la idea, hay algo que es inmutable, inmaculado y que no se toca ni se mancha jamás: los avisos publicitarios.

8 de junio de 2012

Hacer bandera

Fuente: www.ypf.com


Desde hace unos días, el estado argentino tiene mayoría accionaria en YPF. Era de esperar que esa situación se traslade a la imagen corporativa de la empresa. Recientemente todos nos enteramos cómo (vale decir que en la previa al anuncio de la expropiación de las acciones de la empresa española Repsol, apareció la antigua marca de YPF en muchos afiches celebratorios de la medida, como si hubiera surgido una añoranza repentina que pidiera el regreso del legendario círculo con sus geométricas ye, pe y efe, a la manera de un escudo de fútbol).


Suponiendo que —luego de un sesudo análisis estratégico que sin dudas fue realizado antes de tomar la decisión— haga falta hacerlo, ¿cuántas maneras mejores, más eficientes, que la utilizada, hay para agregarle la bandera argentina a la marca de YPF? Desde ya no me refiero a maneras lindas o feas, si no a cómo integrar satisfactoriamente los colores de la bandera a una marca cerrada desde lo formal que, además, ya cuenta de algún modo con ellos: el plano azul y las letras blancas pueden remitir sin demasiadas dudas a los colores de la enseña que Belgrano nos legó.


Veamos si la decisión resiste algunas preguntas de cualquier materia Diseño 1 de casi cualquier facultad: ¿de qué manera reduce esa bandera? ¿Se ve —sobre todo el sol— si la marca aparece pequeña, como en tantas de las miles de piezas en la que aparece la marca de YPF? ¿De qué manera y en qué medios puede reproducirse tecnológicamente, y de manera aceptable, ese esfumado? Compositivamente, la bandera ¿por qué ocupa el lugar que ocupa? Teniendo en cuenta que el agregado de la bandera es un hecho muy importante, ¿es ese lugar el más destacado, el más visible?


Todas estas preguntas (y muchas otras) apuntan a evaluar las pertinencias del cambio ya que cambiar cualquier pavadita en una empresa gigantesca como YPF implica cientos de miles de pesos en implementación.


Desde ya, hay una razón fundamental para el cambio, para que quede una marca en la marca: la política; la necesidad del gobierno de hacerse cargo simbólicamente de la responsabilidad de la medida y evitar de todos los modos posibles de que todo quede como estaba, aún si funcionaba bien y aún si la manera de agregar la bandera* está traída de los pelos y parece más un parche que una respuesta planificada a un cambio genuino en el escenario de la empresa.


El diario Tiempo Argentino aseguró que el autor de este injerto fue el prestigioso estudio FontanaDiseño, encargado, en 2008, del diseño de la imagen corporativa de la empresa. En la página web del estudio no se hace mención a este trabajo.

7 de junio de 2012

Cuenta regresiva


Caro colega,
No uséis plecas (esas barras verticales que suelen quedar cancheras en marcas de estudios de arquitectura) para separar números que configuran una unidad de sentido —en este caso la altura de la calle Honduras en la que se está construyendo este edificio— ya que por su uso obtendrás a cambio, en un periquete, confusión en la lectura y un descendente 37-36 donde debió leerse 3.736, aún sin ser necesario el punto.

5 de junio de 2012

Se acabó el partido


No sé quién es Daniel Amoroso. Es decir, sé que es legislador de la ciudad de Buenos Aires y que accedió a su banca en 2005 por el PRO, el partido de Mauricio Macri. En 2010 parece ser que se alejó del oficialismo para crear su bloque propio, unipersonal, cercano a Francisco De Narváez. No tan distintos, diría la canción. Sé esto, y que hace artes marciales y que tuvo que ver con el transporte público, pero no sé qué piensa. En su prolijo sitio web se cuida de no explicitar qué piensa. También se cuida de que no haya ni una pizca de amarillo ni de rojo y procura contarnos cosas de su infancia y de que su trabajo "se basa en utilizar la lógica frente a situaciones que no lo son". Vale decir que destaca especialmente lo hecho, lo realizado, como contraprueba, creo yo, a aquel extendido prejuicio de que los legisladores no laburan.


Lo llamativo de Amoroso —quien además de amoroso es valiente y otras cosas más— es su sonora renuncia a lo partidario; la ausencia de consignas consensuadas con una estructura colectiva que lo trascienda como persona es notable; su apuesta a lo individual, aún cuando todos sabemos que, en política, individualmente no puede lograrse nada importante. También, y no menos, sorprenden los generosos recursos económicos de los que dispone, los que le permiten tener su propia campaña (algo que no ocurre, hasta donde uno puede observar, con ningún otro legislador) "off-elecciones", para posicionarse vaya a saber cómo en la mente del votante. Amoroso tiene su eslogan, "tiene sentido" y un canchero micrositio web que nos permite a los ciudadanos confiarle ideas o proyectos —que él se encargará en persona de llevar a la práctica— bajo un genérico título: "Quiero hacer algo".


¿Inaugurará Amoroso una nueva era en la política; una era en la que los partidos se esfumen definitivamente, como tantos auguran, y se erijan figuras individuales, más o menos carismáticas pero siempre solitarias, con su propia imagen, sus atributos y sus militantes exclusivos? ¿Votaremos definitivamente personas en vez de programas integrales? En tren de imaginar, ¿qué lugar ocuparán los famosos "aparatos" en esta nueva era? ¿Y los barones del conurbano?


Quizá el objetivo de Amoroso sea menos trascendente y se consagre logrando una permanencia módica y sin mover demasiados avisperos en la Legislatura porteña. Quizá no, y sueñe con ser presidente. Él solito. Verde, amoroso y valiente.

18 de mayo de 2012

Doble falta



Este llamativo video, rimbombante y muy bien realizado, es para presentar en sociedad la nueva marca de Novak Djokovic, el mejor tenista de la actualidad según el ranking de la ATP.


Evidentemente el hecho de que un tenista tenga marca propia está supeditado a su rendimiento y a qué posición ocupa en el escalafón profesional. En cierto aspecto, también en su carisma o en sus atributos personales, transferibles en alguna —mucha— medida a un uso comercial, por ende, explotable desde lo económico.


En este caso, nos encontramos frente a una marca que es lo que es: una suerte de confusa y no del todo lograda fusión entre la N, oculta, y la D, más nítida. Es lo que es, pero no parece contentarse con eso; la argumentación que propone el video es sumamente dispersa. En ella se nos pasea por la historia de la antigua Roma; por las iniciales manuscritas croatas; por aves volando y por un potable entrelazamiento de pelotas de tenis que nunca llegará a verse plasmado en la marca, ocupada en contar demasiadas historias a la vez.


En resumen, no hay nexo alguno entre el resultado formal y su pre-historia. Eso, que suele ocurrir (en muchas marcas es imposible inducir qué pasos llevaron a su resolución gráfica) en este caso queda de manifiesto de una manera grosera ya que se produjo un video especialmente para mostrar un proceso que, en vez de aclarar, confunde.


Todo lo anteriormente escrito tiene muy poco valor, ya que a Novak le gustó su nueva marca y eligió este signo para representarse y seguir facturando.

23 de abril de 2012

¡Flash!


En Diseño gráfico, más precisamente en Tipografía, mucho se habla de inteligibilidad, de lecturabilidad, de la posibilidad cierta de comprender mejor, más cómoda y descansadamente un contenido a partir del buen uso y manejo de las letras y del espacio gráfico.


No menos cierto es que todos los que leemos hacemos, como contraparte, el esfuerzo necesario para comprender lo que se nos presenta ante los ojos, aunque el diseñador o quien fuera no haya tenido demasiada consideración en la composición de los textos.


La confusión es un relámpago, dura décimas de segundo. Luego, gracias a que intentamos asignarle sentido a aquello que por una fracción mínima de tiempo no lo tuvo, todo se clarifica y vuelve la paz, el sosiego.


En ese flash provisto por el desajuste, leemos fotor
Sí, leí fotor. Y me detuve, paralizado.
Luego del pestañeo, apareció grafías y todo volvió a su cauce natural: la f volvió a ser f y la palabra fotografías reclamó su lugar. Nada grave.
Seguí caminando.


Como nota al pasar, agrego que el libro es de lujo; un compendio de fotos de la revista del New York Times. Cuesta un Perú y la mitad de Ecuador.

La salud de las instituciones


Que la relación entre la policía y la sociedad es conflictiva no es nuevo. Por lo menos entre nuestra policía y nuestra sociedad. Más precisamente, entre la Policía Federal y los porteños.
Tampoco es novedad que la imagen de la policía se ve una y otra vez empañada por policías que roban, matan, torturan y estafan. 


Cada tanto, la policía da en la tecla y resuelve crímenes o atrapa a los malos de la película. Otras veces planta pruebas y atrapa perejiles. También suele reprimir, tener facilidad para apretar el gatillo y maltratar detenidos. En el Proceso, sin ir más lejos, la Policía tuvo un rol protagonista lo que, intuyo, hace irreconciliables algunas cosas entre parte de la sociedad y la institución.


Personalmente, y dejando momentáneamente todo lo dicho de lado, creo que trabajar en la imagen y en la identidad de la policía representaría un desafío profesional interesante. 


Hace no demasiado tiempo los patrulleros tuvieron un rediseño que los llenó de iconos invisibles amén de disfrazar a qué comisaría pertenece cada móvil, privilegiando al 911 como canal de comunicación entre la comunidad y sus servidores (recordemos: los patrulleros anteriores a los actuales tenían inscripta en sus puertas delanteras la leyenda "Al servicio de la comunidad").


¿Hasta qué punto la credibilidad de una organización se apoya en su discurso gráfico? ¿Es posible remediar años de desencuentros y de rencores mediante estrategias de comunicación proyectadas para lograr ese efecto? Las respuestas a estas y otras tantas preguntas podrían ser muy interesantes de ensayar, pero exceden el objetivo de este post que es, lisa y llanamente, mostrar el cartel que da la bienvenida a un terreno casi baldío, con veredas mugrientas y llenas de basura, que hace las veces de playón de estacionamiento de la comisaría 12. Es este sitio se alojan vehículos detrás de un portón como los de las obras en construcción (las hojas son los soportes de grandes carteles publicitarios) asegurado con una cadena y un candado.


Más allá de lo que anuncia, ¿qué significa la materialidad de este cartel? Que en la policía todo se hace de manera improvisada y con dos mangos; que en la comisaría 12 todo se ata con alambre. Que todo es provisorio.


Sin que su voluntarioso autor siquiera lo sospeche el cartel mancha, afecta, no solo a la comisaría 12 sino a toda la Policía. Como todos ya estamos acostumbrados a las manchas del tigre, no las vemos... pero están, siguen estando.

28 de marzo de 2012

Poner la tapa

Fuente: PaperPapers.net

No es frecuente ver tapas de diarios de la calidad que puede observarse unos píxeles más arriba. Se trata del diario colombiano "El espectador", más concretamente de la edición especial festejando su 125° aniversario.


La excelencia del diseño radica, como tantas veces, en la sencillez de la idea gráfica: el plano partido para darle lugar a la contraposición del pasado con el presente; la variación del uso tipográfico y cromático del espacio; la inmutabilidad de la marca.


Sin dudas, una edición de colección.

26 de marzo de 2012

¡Ave María purísima!


—Maidana, hijo mío.
—Padre.
—¿Todo en orden?
—Sí, sí. Acá, recogiendo mis cosas; ya me iba.
—¿Ya te ibas?
—Sí, pude terminar hace un rato. Usted no había llegado todavía.
—Aha...
—¿Todo bien, padre? ¿Le gusta el trabajo? ¡No me diga que escribí mal Christo! ¡Ja, ja!
—¡Ja! No... no es eso, hijo.
—Ah... ¿Entonces?
—El espacio entre las letras, Maidana... ¿No lo notas algo irregular?
—Mmm... ¿Usted sabe que sueño con el espaciado?... Es una pesadilla... ¿Qué pasó ahora?
—Mira la fachada, hijo. Mírala atentamente.
—Sí, miro.
—¿Y?
—¿Y qué pasa?
—Maidana, hijo, no me la hagas difícil. Dime la verdad y listo.
—...
—No es posible escapar de Dios, Maidana. A mí puedes mentirme, a Él no.
—¿Qué quiere que le diga? Venía bien hasta el SA, de SALVATORI... Después me di cuenta de que había medido mal y que todo me iba a quedar descentrado. Entonces separé la L, a ojo, pero si usaba el espaciado entre la A y la L para las letras que faltaban, no me iban a entrar... Entonces volví a la plantilla anterior y la usé para la V y la A.
—¿Y el espacio entre A y TORI?
—Y... de nuevo intenté recalcular y me volví a pasar de largo... Entonces, para ir a lo seguro, al TORI lo volví a espaciar como a las primeras letras.
—¿Porqué no avisaste de esto al obispo antes de tomar tantas decisiones?
—No sé... tenía miedo de que se enoje conmigo. Que me castigue Jesús, Dios... No sé. Preferí seguir y terminar el trabajo que me pidieron.
—¿Coincides conmigo, hijo mío, que se lee SA   LVA   TORI?
—...
—¿Coincides?
—Y... puede ser.
—Tú sabes bien que la simetría es signo de belleza y que Dios es belleza. Por lo tanto, en la Iglesia, que es la casa de Dios, debe prevalecer la más pura de las simetrías, ¿no es así?
—Sí, padrecito.
—Y ahora tú nos has dejado un frontispicio perturbador, asimétricamente perturbador. Intolerablemente perturbador.
—Padre, le ruego m...
—No, no. Dejemos el juicio de tus actos al Señor. No soy yo el que debe perdonarte.
—¡Ay, padre! Si algo pudiera hacer...
—En principio, empecemos con 40 azotes. Después veremos... Es que ha sido grave tu afrenta.
—¡Ay, no!
—...
—Entiendo, padre. ¿Dejo mis cosas acá?
—Sí, sí. Pasa nomás, nos vemos adentro.

23 de marzo de 2012

Pequeña historia con moraleja


—Che, ¿al final te operás?
—Sí, claro.
—¿Dónde?
—En una clínica, por la calle Viamonte... Se llama CLIMIBIA.
—¿CLIMIBIA? Ah, mirá vos... no la conozco.
—...
—Esperá... ¿No será CLIMBA, Clínica de la Mano de Buenos Aires?
—Ni idea... en el cartel de la calle decía CLIMIBIA.


Moraleja: colega, cuando decidas separar una sigla mediante barras, abstente de usar una cuyo grosor sea lo demasiado parecido al de la I como para alterar su legibilidad.

22 de marzo de 2012

Volvió una noche


"El escudo de armas de la Ciudad de Buenos Aires, de acuerdo a lo aprobado por Ordenanza del 3 de diciembre de 1923 tiene forma elíptica, de una proporción de 5x6 entre sus ejes mayor y menor, encerrando los atributos que se describen: En jefe una paloma radiante, vista de frente y con las alas extendidas; en punta un áncora, medio sumergida, con parte de la caña fuera de la superficie de un mar rizado, que ocupa el cuartel inferior. Un poco más debajo de la línea que determina el eje menor de la elipse, dos barcos, uno de ellos carabela y el otro bergantín del siglo XVI, vistos por costado de babor. Ambas naves empavesadas con bandera en los topes."

Luego de someternos durante demasiado tiempo a una desfiguración heráldica carente de todo significado, el Gobierno de la Ciudad ha resuelto reflotar, no sin ciertos retoques, al maltrecho escudo de la ciudad.


Después del rediseño (que no fue rediseño porque en realidad el escudo original nunca dejó de tener valor institucional) del año 1997, el escudo de la Ciudad fue atormentado con un ejercicio de síntesis mal entendida y peor aplicada que lo asemejó insólitamente a una serie de barrotes verticales sobre otra serie de barrotes horizontales, siempre, eso sí, inscriptos en una elipse.


Hoy, la Ciudad recupera uno de sus emblemas que, si bien perdió en el camino al ancla, que prometía tanto a una ciudad puerto y fondeadero como deseos de feliz regreso, nunca debió maltratarse como se lo hizo.


Es cierto que un escudo —salvo que sea de un equipo de fútbol— no le cambia la vida a nadie y que este tiene un espíritu colonial (el bergantín y la carabela hablan, parece ser, de las dos fundaciones de la ciudad) y hasta sectario (la paloma representa al Espíritu Santo y a su protección sobre la ciudad) pero es un símbolo que debiera respetarse ya que intenta resumir cierto espíritu de pertenencia colectivo. Dicho de otro modo: si se elige abolirlo por su anacronismo o inocuidad, de acuerdo; si se lo deforma aleatoriamente con criterios estéticamente dudosos y con ínfulas "modernizadoras", no. Dejémoslo como estaba.

6 de marzo de 2012

Dame fuego


Si uno está atento, en la calle puede encontrar pequeñas joyas. Caminando por el coqueto Belgrano di con esta institución de nobles fines, sita en la calle Cuba: la Asociación Pro-Ayuda al Quemado (APAQ).


A primera vista creí no entender bien la marca; me acerqué. Comprobé con una mezcla de amarga gracia y rotunda sorpresa mi sospecha: ¡Está en llamas! ¡Las siglas arden!


¿Qué oscura mente pudo resolver con una síntesis de llamas —llamas, además, avivadas por un viento que las potencia llevándolas de izquierda a derecha— la marca de una institución que se encarga de paliar las secuelas del fuego?


¿Qué afiebrado combo de directivos pudo haber aprobado semejante dislate?


¿Nadie se da cuenta, hoy en día, de que la impertinencia del recurso no podría ser más grande? ¿Qué más lejos de los intereses de APAQ, de sus loables objetivos, que el siniestro hecho de que las llamas envuelvan su mismísimo nombre? 


Paradójicamente, allí donde los efectos del fuego pretenden ser superados física y psíquicamente se encuentra, omnipresente, la semilla del mal.


Seguí caminando, entre asombrado e intrigado, sabiendo que todas mis preguntas quedarán, una vez más, sin respuesta.

6 de febrero de 2012

Abierta la inscripción


Algunos espacios de debate o de intercambio están nutriendo, año a año, un marco teórico que, si bien siempre parece ser flaco, desordenado y tardío, no deja de ser auspicioso y necesario para el diseño.


En los últimos años, en muchos de los enfoques y lecturas aplicadas a nuestra práctica, se pretende hasta cierto cientificismo que no se lleva del todo bien con el aspecto romántico de nuestra profesión: aquél que vincula las artes gráficas, el dibujo y la ilustración con la plástica y sus técnicas. Se habla, cada vez más, del diseñador como agente cultural; como estratega; como empresario; como traductor de planes de management; se exige del diseñador formación en marketing, semiótica, comunicación, economía y sociología.


En fin, no quiero extenderme demasiado, pero me resultó llamativo que, en estos tiempos de creciente divorcio entre lo manual y lo teórico, la Universidad de Palermo convoque a nuevos estudiantes representando al Diseño (a secas) como una explosiva mancha de gotas de colores las cuales parecieran intentar retratar la creatividad "alocada" o sin límites que se pretende enseñar en sus aulas.


El riesgo de resolver de ese modo un afiche es obvio: ¿cómo representar Derecho o Psicología? Pero más allá de esto, ¿cómo vincular ese goteo azaroso y pollockiano con una práctica que pareciera querer centrarse cada vez menos en lo instrumental, mirar cada vez más hacia otros horizontes, hacerse de otros vocabularios y abrevar en otras aguas? ¿Se verifica lo que enuncia ese afiche con lo que efectivamente propone el Plan de estudios y el perfil profesional? ¿O simplemente será que el autor del afiche es un nostálgico?

24 de enero de 2012

Alta suciedad


¿Que pasó bastante tiempo? Sí, pasó. Pero no quiero dejar pasar esta oportunidad que me da la web 2.0 de expresar mi descontento.

Si hubo otros sorprendidos o indignados o resignados, no lo sé.
Si hubo una explicación oficial, me la perdí.
Si fue un trasnochado homenaje a Michael Jordan, no lo entiendo.

¿Qué cazzo tiene que ver la silueta de un ágil basquetbolista con tirar los papeles en un tacho?
Sí, recuerdo la campaña que, allá lejos y hace tiempo, intentaba establecer esa relación, forzosa e imposible. Es más, hasta estencilearon "zonas pintadas" (como se le dice al área debajo del aro de básquet) en algunos cestos.

La realidad es que, Air Jordan sobreseído, de los insólitos cinco o más modelos de cestos que hay, hay poquísimos sanos; muchos de los que hay están repletos de basura esperando que algún amable recolector los desatragante y la ciudad es, en muchos barrios, una mugre inmunda a años luz del reciclaje y de la separación de residuos que tanto haría falta implementar.

23 de enero de 2012

Buena letra



Sólo caminando por la calle uno se encuentra con buen diseño. Quizá sea cierto que predomine el malo o el no-diseño... pero que hay del bueno, no hay dudas.


Es el caso de una marca con la que me topé hoy, a la tarde. Está lejos de ser novedosa (parece que es de 2008) pero yo no la había visto y, quizá por eso mismo, mi sorpresa fue más grata.


Entiendo que es en marcas como esta en donde se observa el buen trabajo, sesudo, de algún o alguna colega. Trabajo que, al fin y al cabo, hace la diferencia.


La palabra pertinencia debe ser de las más usadas en la jerga de los diseñadores gráficos. He aquí una buena manera de entender qué significa pertinente: para encarar el diseño de la marca de una editorial llamada Ángel Estrada es pertinente usar letras. Y si se pudiera encontrar un guiño, una forma de darle univocidad, identidad y singularidad a esas letras, ¡mejor todavía!


Y vaya si se logró el objetivo: a lo lejos, se observa una E cursiva, casi manuscrita; de cerca se perfila la a minúscula de Ángel, tijereteada convenientemente para ser una doble agente: a y E a la vez.


No sé ustedes, pero yo puedo convivir con la omisión de la tilde de Ángel tanto en el logotipo como en el nombre de la editorial. De hecho, se dice que para los nombres propios no corren las reglas ortográficas...

Antibacterial, antiséptico y antiahorro


Este no es un post sobre diseño gráfico, es verdad. Es sobre packaging (embalaje, en criollo). Y, específicamente, sobre el mal uso, abuso o liso y llano despilfarro de material presentes en el embalaje del Pervinox incoloro que Ud. puede encontrar en su farmacia amiga.


Lo fotografié luego de comprarlo (¡es verdad que no arde!) y de constatar, curioso ante ese compartimento hueco, que la mitad de la caja que contiene al vaporizador está vacía, albergando sólo al prospecto doblado y flotando suelto dentro de ese espacio cuya razón de ser no está para nada clara. Mi decepción fue tan concreta como mi pregunta "¿y esto para qué?".


Me suena extraño que un laboratorio de la talla de Phoenix no esté interesado en cuidar el medio ambiente (para producir cartulina también se talan bosques...) ni en reducir gastos superfluos como este (a grosso modo uno puede calcular que casi un tercio de la cartulina empleada en la caja podría ahorrarse) o que ni siquiera hayan reparado en esto.


Tampoco creo que la explicación de semejante abuso de caja sea la obtención de más presencia en góndola o lograr posicionar mejor al producto... El veredicto es, entonces, que aquí hay una grosera falla de diseño que no sería nada difícil componer. 


Señores de Phoenix, ¿tienen para anotar?

9 de enero de 2012

Una pegada


La reconocida marca de adhesivos, cementos y pastinas Klaukol cambió su marca. Según parece se presentó ante 600 invitados y la empresa dice orgullosa que "el nuevo logo (...) expresa cómo la empresa está adelante e innovando constantemente".


Más allá de refrendar o no ese enunciado, la sensación que yo tuve apenas vi a esta canchera K es que son dos bandas que se están despegando, sólo unidas por un pelito... y a duras penas.


¿Las habrán pegado con Klaukol?