25 de febrero de 2011

Niño asustado no aprende


"Kumon es un método de estudio individualizado que busca formar alumnos autodidactas, es decir, capaces de aprender por sí mismos. En Kumon se forman diariamente personas con autoconfianza, disciplinadas, capaces de enfrentar desafíos y realizar sus sueños." Esto dice la página web de latinoamérica.

Toru Kumon, el japonés que en 1958 creó el método que hoy se aplica en las numerosas sedes de la empresa distribuidas en varios países del mundo (en 1998 llegó a la Argentina) ha dicho "Nada hay más importante que abrir nuevos mundos para que nuestros niños los exploren".

No dudo de la excelencia del método Kumon (aunque lo desconozco no es mi objetivo cuestionarlo) pero la pregunta que me hago es ¡¿porqué esta marca?!

¿Porqué esa expresión timorata, amedrentada, insegura, casi pusilánime en el rostro del niño? ¿Quizá por el temor a los mundos inexplorados del buen Toru? No lo creo...

Si en Kumon se forman diariamente personas con autoconfianza, disciplinadas, capaces de enfrentar desafíos y realizar sus sueños ¿porqué no cambian con urgencia ese logotipo, que nada tiene que ver con lo que dicen que hacen?

¿Este niño, dicho de otro modo, no debería tener una expresión autosuficiente, confiada, segura de sí misma?
Sí, seguro que debería.

22 de febrero de 2011

Crisis



A quien llegue a este post le recomiendo la lectura, previa compra ya que de algo hay que vivir, de la renacida revista crisis. La imagen que ilustra estas líneas es la de la tapa del número tres, correspondiente a febrero y marzo del corriente.

Dejando de lado si es K o anti-K, desde mi humilde entender la revista es muy interesante y está muy bien escrita. Su diseño es muy austero, con márgenes cómodos y columnas de un ancho amigable, rítmicamente dispuestas en la página y con una interlínea generosa; quizá algo monótono si uno es permeable a los artificios gráficos tan presentes en varias revistas de hoy en día pero, en realidad, hay que recordar —o no hay que olvidar— que la crisis es una revista para leer y pensar. Y eso no es poco.

Tipográficamente es, también, austera. Se vale de poco y lo exprime bien.

Su tapa es una foto y un título, coronados por la palabra crisis, así, en minúscula itálica, como queriendo sustantivizar y suavizar la cosa, pero sin olvidar el pasado: la revista anterior (publicada del '73 al '76), cuyo título también estaba en minúsculas, pero en una furiosa Clarendon.

Cayendo en el pantano del gusto personal, les firmo que es una revista linda. O cool, si quiero patinar del todo.
Diseñada, diría un colega amigo cuyo nombre me reservo.

La revista es política, aún sin saber todo lo que ello pudiera querer decir. Sus periodistas desarrollan temas muy variados, pero siempre bajo el alero del escenario político local, regional o global. No hay crítica de cine ni humor gráfico ni recetas de comida. Hasta pocos avisos tiene (lo cual, para los editores, no sé si será motivo de orgullo o de preocupación...).

Tiene una posición y la fundamenta y uno, lector, a veces de acuerdo y otras veces no, tiene que lidiar con eso y establecer diálogos y peleas mudas con pliegos de papel acaballados. Y eso es lo más lindo de todo, creo.

En mi cabeza, la crisis compite con la Veintitres y con la Noticias. No tengo dudas de con cuál me quedo. Pensándolo bien, creo que lo que más me acercó a la revista es que la enorme mayoría de los periodistas que la escriben son de mi generación, tienen todos mi edad, año más, año menos. ¿Será el hartazgo de leer a los mismos de siempre o simpatía generacional? No lo sé, pero sí sé que me atrajo eso.

En resumen, siempre es bueno que haya publicaciones nuevas ofreciendo cosas nuevas. ¡Bienvenida a los quioscos, crisis! Por ahora, te seguiré, estemos o no de acuerdo.

¡Están hablando del faso!


Sí, es una pavada.
Pero no puedo dejar de sonreir cada vez que veo esta sutil operación sobre el reconocimiento, el robo de identidad de la pobre P quien, a manos de un anónimo y drogado vándalo, queda desnuda y confundida con su prima hermana F.
¡Convidá!

17 de febrero de 2011

A... ¡pif!


Luego de haber pasado caminando frente a un afiche sobre la necesidad de que todos exijamos la factura de lo que compramos me quedé pensando en qué rara es la nueva marca de la AFIP.

Hace un tiempo se encaró un rediseño que dotó a sus sucursales de una gráfica normalizada y de una señalética que le daba pelea al desorden imperante en muchas de las reparticiones públicas. Si bien los formularios siguieron siendo tierra de nadie, parecía haber buenas intenciones.

Hace menos tiempo, la AFIP cambió nuevamente, y uno nunca termina de saber bien porqué. Si la marca anterior (verla abajo, acompañada por el infame Don Carlos) ya tenía algunos problemas de legibilidad, la nueva los potencia hasta extremos peligrosos.

Volviendo a la nueva y gustos aparte, me aparecen preguntas como:
- Quizá me equivoco o peco de literalidad extrema... pero la marca de la administración federal de ingresos públicos, es decir del organismo que recauda y administra toneladas de dinero de todos los contribuyentes, ¿no debería ser lo más transparente posible y tan sólida y confiable como el acero? Me refiero a algo claro, sin vueltas. Y ya que se usa la sigla o acrónimo, ¿no debería ser reconocible a simple vista, sin demoras?
- ¿Cuál es el sentido de suprimir "Ingresos Públicos" del nomenclador o bajada de la marca? ¿Porqué esa resta?
- ¿A qué se debe la operación sobre la A? Si es por mantener la diagonalidad de la marca anterior, nos encontramos frente a un capricho que cercena lo más importante de una letra: su identidad.
- ¿Porqué elegir, para la bajada, una tipografía que parece ser deficiente en su desempeño en lecturas a mediana distancia o a tamaños pequeños? Más errada la elección si se la utiliza para titular secciones del
sitio web de la organización.
- ¿Qué clase de relación espacial hay entre la marca y su bajada? Sin duda hay una, pero descompensada y sin una armonía ajustada.

En resumen, una marca muy débil para un organismo que no debería serlo en absoluto.

Veinticuatro horas / saroh ortaucitnieV


Farmacity está en una etapa que, al menos en la ciudad de Buenos Aires, parece ser de franca expansión: no deja de abrir locales; todos muy pulcros, con una arquitectura reconocible y un diseño cuidado.

Una de las características de la cadena —en realidad, uno de sus servicios distintivos— es que sus locales están abiertos las 24 horas. Eso, que en las farmacias tradicionales se comunica con una esfera de luz blanca —generalmente con una cruz verde pintada encima— encendida en la puerta del local, los Farmacitys lo anuncian a través de un cartel que destella titilante, visible desde generosas distancias.

Dentro de la no poca inversión que significa resolver la gráfica de cada local, lo extraño es que haya un notorio problema de diseño —más aún, de legibilidad— que no se ha tenido en cuenta: los carteles se resolvieron mediante la silueta del número 24 y las letras H y S. Hasta ahí, muy bien.
El matete se arma si uno viene caminando por el otro lado del cartel, tal como retraté en la fotografía. ¿Qué dice allí?

No desesperar:
se puede entrar al Farmacity y comprarse tanto un espejo como algo para el mareo...

7 de febrero de 2011

Microscópica historia de una marca y un cliente


Una buena marca se construye con pequeñas cosas. Elementos a veces insignificantes cuya ausencia o descuido pueden derrumbar cualquier estrategia pomposa o echar a perder jugosas inversiones.

En el caso de una marca de indumentaria como Mistral, la experiencia de compra (cómo es el local y cómo nos atienden) y la calidad de la prenda adquirida son cuestiones de peso a la hora de decidir volver a comprar.

En mi cabeza estaba muy bien posicionada, la tenía catalogada como una marca algo cara pero con prendas de muy buena calidad y de atractivo diseño —según mi gusto, claro.

El punto es que compré hace unos días dos remeras y una bermuda. Como suelo no revisar lo que compro —si es que sé que lo que compro no es de segunda selección— noté al poco tiempo que de las dos remeras (marca Sandley) una estaba agujereada en la espalda y la bermuda tenía un agujero en una de las piernas.

Algo molesto, volví al local a devolver las prendas defectuosas. Me cambiaron la remera por otra (primer cesión de mi parte: no obtuve la misma prenda que había elegido) pero con la bermuda la cosa no fue fácil: el modelo que compré ya no estaba. Estaba en otros colores —que no me gustaban— o bien no había talle. Una empleada ensayó una explicación reveladora: "¡Uh! Tuviste mala suerte, de tres prendas te llevaste dos falladas" y otra, más compasiva, me dijo que iba a buscar en otros locales y que iba a avisarme si tenía novedades. Amable, me pidió mi teléfono y prometió llamarme.

Me llamó. Y me dijo que en la sucursal del Abasto Shopping había una bermuda idéntica a la que yo quería pero que yo debía irme hasta allá a hacer el cambio (segunda cesión: yo, es decir, el cliente, que siempre tiene la razón, es quien debe moverse a buscar la prenda que le vendieron rota en primera instancia).

Fui, ilusionado. Y la bermuda que era idéntica no era idéntica; era del mismo color pero de otro modelo. Y el empleado que creyó que era idéntica me pidió disculpas... y me quedé sin bermuda y, de yapa, con una innecesaria excursión al Abasto.

En resumen, a la bermuda mi madre le puso con destreza un parche "invisible" que resolvió decorosamente el problema del agujero y, paralelamente, difícilmente vuelva a comprar una prenda de Mistral. Y cada vez que vea un aviso o una vidriera de Mistral pensaré en el agujerito, en la excursión al Abasto y en el parche salvador. Chau posicionamiento, chau Mistral.

Moraleja: siempre revisar lo que se compra, aunque sea de primera selección :^)