23 de diciembre de 2009

Dar más bronca


Luego de varios meses con la pluma seca vuelvo a las andadas.

Resulta que mi esposa está embarazada y no puedo negar que, por eso mismo, ver algo como el afiche que ilustra este post me generó un impacto y un rechazo quizá mayor al que normalmente me hubiese provocado.

El problema es que el rechazo no es hacia la imagen de ese feto destrozado por vaya a saber qué atrocidad –más que rechazo, el sentimiento hacia esa foto es de impresión, consternación– sino hacia la “Agrupación Demos+Vida” que, cobardemente, no publica sus datos de contacto en la pieza como para, por las dudas, evitar recibir aluviones de mensajes de repudio ante tal abuso de la libertad de expresión y del espacio público.

No escribo nada nuevo si digo que el aborto es uno de los temas que a la sociedad le hace falta discutir seriamente, sin oscurantismos ni dogmas. Es evidente que esta gente de Demos+Vida, que resuelve que aborto y genocidio son sinónimos, cree que puede convencer a alguien apelando a recursos burdos como el de mostrar pornográficamente fetos cuyo crecimiento ha sido interrumpido (si es que las fotos corresponden a eso y no a otra causa).

Siempre me parecieron muy torpes las campañas en las que se apela al impacto inmediato e irreflexivo de una imagen para lograr algún grado de "concientización" en el público.

No conozco fumador que fume con culpa, pensando en cómo quedan los pulmones luego de ser consumidos por el cáncer o cómo se ve una dentadura podrida por el tabaco*. Simplemente fuman, y disfrutan más o menos del vicio. Las consecuencias se saben, pero el sólo hecho de verlas no modifica significativa o duraderamente la conducta.

Otro ejemplo son los avisos de Luchemos por la vida, en los que se ven cabezas rompiéndose contra volantes o cordones; motoqueros (muñecos casi graciosos) volando por los aires luego de ser impactados por un auto o el ya antológico spot en el que un señor dice exigir el motor de su auto a “lo que dé” o el de una señora que dice no usar cinturón de seguridad porque arruga la ropa… Nada de esto modifica conductas y, lo que es peor, hasta mueve a la risa por las pésimas actuaciones de los actores contratados.

Vuelvo; afiches como el de Demos+Vida hacen, como tantos otros, exactamente lo contrario a lo que hay que hacer: apuestan a lo inmediato, al shock, al rechazo y a sentimientos profundos e irracionales en vez de jugarse por lo más adulto y duradero: la educación, la prevención, la modificación de hábitos y muchos etcéteras más.

Me pregunto cuál será el análisis que hace esta oscura agrupación del tema del aborto. Para ellos, ¿todos los casos serán iguales? ¿Creerán que siempre son idénticas las razones que llevan a una mujer o a una pareja a interrumpir un embarazo? ¿Evalúan qué se gana con la legalización o creen, como muchos ignorantes, que legalizar significa “aborten tranquilos que está todo bien”? ¿Cuál es el espacio que le da esta gente que a la educación sexual? ¿Qué sienten al ver su inmundo afiche pegado en las calles? ¿Orgullo?

Y en lo que a nuestra profesión respecta, ¿qué pasó por la cabeza de quien tuvo que armar semejante atropello gráfico? ¿Lo hizo sin conflictos? ¿Por obediencia debida? ¿Pensó en que una pieza así no suma nada de nada a nuestro entorno y aun así la hizo? O, por el contrario, ¿está convencido de haber hecho un bien?

Tal es mi estilo: muchas preguntas y pocas respuestas. Pero en este caso, mucha bronca.

*En Brasil y en otros países hace unos años se agregaron a los paquetes de cigarrillos imágenes impresionantes –y desagradables– de distintas consecuencias del uso del tabaco. Desconozco si eso hizo disminuir las ventas; apostaría a que no.

28 de mayo de 2009

¿Tudo bom, tudo legal?


La construcción de la identidad de un organismo público no es menos compleja que la de una empresa privada. Sobre todo cuando uno de sus más preciados -y esquivos- atributos es la credibilidad, tal como pasa con la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP)*.

¡Ojala dependiera de una buena imagen de marca el funcionamiento de las instituciones!

Resulta que a la gente que maneja la comunicación de la AFIP se le ocurrió una idea: hacer un aviso de radio y TV para anunciar un nuevo Plan de Regularización Laboral cuyo objetivo es "blanquear" a la enorme masa de personas que trabaja "en negro" (es decir, que no cobra aportes previsionales ni tiene obra social).

Sin entrar en detalles de índole política, la idea, desde una lógica institucional y estratégica, es razonable.
El problema, como casi siempre, es el cómo.

Hay un empleador, con un perfil de pequeña o mediana empresa (no es un magnate pero tampoco tiene un quiosco) que, aparentemente, junto a su persona de Recursos Humanos y su contador tramita el blanqueo on-line de sus trabajadores quienes, vale decir, hasta ese instante, estaban ilegalmente remunerados por sus servicios.

El tipo, don Carlos, le pregunta a su encargado de RRHH "¿Hace cuánto entró Tito?" y luego de la respuesta (¿dependía de la antigüedad el blanqueo del pobre Tito?) presiona la tecla Enter, no sin antes esbozar una pequeña duda que se transforma en cierto envalentonamiento producto de algo parecido a "sí, esta vez voy a hacer lo correcto".

Lo verdaderamente perverso llega luego, cuando el dueño de la empresa se dirige a sus trabajadores, reunidos expresamente para escucharlo. Frente a ellos arranca a hablar con un suspenso que no tiene otro objetivo que el de preparar al auditorio para un despido en masa -cara de circunstancia, titubeos (buen actor, "don Carlos")- pero que troca en una sonrisa socarrona al anunciar que decidió blanquear a todos los que faltaba blanquear y que no lo había hecho antes para "no cerrar el boliche y porque las cosas estaban difíciles".

Los obreros, naturalmente, se relajan al ver que se disipa la omnipresente tormenta de la desocupación (lo cual le da el tinte de perversión al aviso, ya que todos sabemos que cuando un jefe da vueltas es porque se viene el palazo, trabajemos en el rubro en el que trabajemos...) y felicitan humilde, casi sumisamente, a don Carlos por su decisión, que no es otra que cumplir con la ley.

Luego del "brindis" la pregunta sería: "don Carlos ¿los aportes que me robó todo este tiempo, me los va a pagar?"

La cosa no termina acá. Ya con el público en el bolsillo, Don Carlos remata su speech con una frase increíble: "ahora está tudo bom, tudo legal", ¡Sí, en portugués! Y con un acento de "argento" veraneante en Florianópolis (vacaciones en parte financiadas con los aportes que se comió durante años)...

¿De qué mente arrevesada surgió que esa frase tan relajada y casi festiva, tan usada en el Brasil, pueda ser utilizada para algo tan indigno como reconocer institucionalmente -¿hay dudas de que quien enuncia es el Estado argentino?- la ilegalidad de un vínculo laboral que pareciera querer regularizarse (no sin singulares beneficios para los empleadores, claro)?

¿No es un despropósito que se trate ¡desde el Estado! con tanta liviandad el respeto a los derechos de los trabajadores?
¿Cuál es el rol de la AFIP antes de este Plan de Regularización que tantas ventajas otorga a los empleadores que se decidan a ganar un poquito menos y pagar lo que corresponde?

A semejante desatino no hay marca ni normalización gráfica que lo resuelva.

En última instancia, esta es la manera en la que la AFIP y el Estado argentino entienden hoy la relación trabajador-empleador. A su vez, la reflejan claramente en este aviso que, desde su torpeza, es patéticamente honesto.

* Ente encargado de ejecutar las políticas impulsadas por el Poder Ejecutivo Nacional en materia tributaria, aduanera y de recaudación de los recursos de la seguridad social (Extracto de la web institucional de la AFIP).

22 de mayo de 2009

El espíritu olímpico va de compras



Durante mucho tiempo los Juegos Olímpicos han sido el bastión del deporte amateur. Es decir, el deporte hecho sin el objetivo excluyente de generar y ganar dinero sino como columna del legendario mens sana in corpore sano, la sana competencia del "que gane el mejor" y la gradual superación de los límites físicos del atleta.

En la antigua Grecia los atletas -siempre hombres- competían desnudos y el premio por ganar en su disciplina eran vasijas repletas de aceite de oliva, la eterna corona de laureles y comida gratis de por vida. El premio de ser campeón olímpico era no más, ni menos, que eso.

Los JJOO ya casi no registran al amateurismo, son incontables los casos de deportistas que se ganan la vida compitiendo y generando miles y miles de dólares con contratos publicitarios, de indumentaria deportiva o de cualquier tipo y color. Hoy, el premio sigue siendo simbólico -la corona de laureles permanece intacta a través de los siglos; un ramo de flores y la ansiada medalla- aunque éste luego se transforme en más y mejores convenios comerciales entre el deportista (imagen de inmejorable salud para las marcas) y empresas de la más variada índole.

A menos de un año de terminados los JJOO de Beijing se inaugura en Buenos Aires un megacentro comercial: DOT (punto, en inglés). El recurso utilizado para publicitar semejante obra (decenas de millones de dólares dedicados a apostar al consumo, lo que en un escenario recesivo de escala mundial no parece poco) es justamente la recreación de una ceremonia de inauguración de JJOO, en este caso los dedicados al dios Consumo, en vez de a Pélope y al panteón presidido por Zeus.

La puesta en escena toca teclas de humor pero sin perder cierta verosimilitud: cientos de extras; el periodista Gonzalo Bonadeo -que tuvo una constante exposición en las transmisiones de Beijing 2008- presta su imagen participando del evento y hasta hay una antorcha olímpica llevada sólo por mujeres (¿Los hombres no vamos de shopping? Pareciera...) vestidas elegantemente.
Todo se corona con la ignición de la llama olímpica, mediante una flecha lanzada por una temerosa dama (recurso tomado, el de la flecha, no el de la dama, de una ceremonia de apertura real: si mal no recuerdo Atlanta'96 o Sydney 2000).

En realidad, si lo pensamos mejor y volvemos al inicio de estas líneas, no es tan extraño el vínculo entre un shopping y los JJOO de hoy en día. La inversión publicitaria y la atronadora profusión de marcas que se exponen en el transcurso de los Juegos se parece bastante al zoológico comercial que suele ser un centro comercial. La ropa vestida por los atletas es vendida luego en el shopping, a precio globalizado (tanto su costo como su precio de venta) y ellos mismos, muchas veces, nos invitan a través de atractivos avisos a que compremos su calzado o su chomba.

De este modo -explotar el poderoso vínculo entre el deporte y el consumo-, cierra el círculo y se configura la lógica que permite que DOT, para anunciar su nacimiento, eche mano al imaginario olímpico sin mayores traumas.

Ignorando, olímpicamente, la otrora histórica asociación de los JJOO con la humildad del amateurismo y la sana competencia entre atletas en igualdad de condiciones, sólo por el honor de ser los campeones.