21 de octubre de 2008

Travestis


Los signos tipográficos, me gusta decir, son flexibles, tienen buen carácter. Aguantan empujones y maltratos con bastante dignidad, y lo hacen a diario.


Lo que difícilmente toleran es que los obliguen a ser lo que no son. En el caso de un sistema como el alfabético, cada parte basa su identidad en sus diferencias con el resto. Si anulamos o alteramos esas diferencias fundantes llegamos a un puerto dudoso: el de la incomprensión de la palabra escrita (y si la palabra escrita no puede ser leída... ¿para qué existe?).

El caso del pobre '3' es dramático ya que se ve obligado a un doble travestismo: primero pasa de ser número a letra y luego se lo maquilla para que se transforme alternativamente en "M" o en "E"; o el caso del '7', no menos apremiado en su forzadísimo rol de 'L'.

Y lo más notable de esta resistencia (que bien usado es potente, ver imagen bajo este párrafo) es la negativa de los signos que, por su morfología, se niegan a perder su identidad -la N, la U, la Ñ- y le echan luz a la fragilidad del recurso.


Se me dirá que la materia prima de la Lotería Nacional son los números. Y que se "lee" sueños, emociones e ilusiones.


Yo contestaré que esa agitada legibilidad es prueba de la buena voluntad que tienen los signos tipográficos de hacerse entender, a toda costa.

Pero agregaré drásticamente que, donde hay números, se leen números. Para eso son números.
La combinación "10" jamás se leerá "io/IO" a primera vista. Se leerá "diez" y luego se decodificará el antojadizo contexto para atribuir nuevas relaciones y poder reconstruir aquél "io" para poder leer la palabra "ilusiones".

Y le prenderé una vela al buen uso tipográfico, que existe a montones y que disfruto, también, a diario.

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