14 de marzo de 2013

Pedaleando en el aire


El gobierno de la provincia de San Luis tiene, últimamente, una costumbre llamativa: recrear u organizar grandes eventos "a la manera de". La estrategia no parece mala, si uno se centra en la difusión y en la repercusión turística que pueden tener hechos de convocatoria masiva. La pregunta que queda flotando es qué lugar ocupa en este plan la producción artística y cultural genuinamente puntana...

De este modo, retomando, insólita y casi bizarramente, ha llegado el Carnaval de Río de Janeiro al Sambódromo de Potrero de los Funes; se pretende que los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos 2019 se realicen en La Punta; se filman numerosas películas gracias a ciertas facilidades para las productoras; se apuesta a una temporada teatral similar a las otras plazas grandes de la Argentina (Mar del Plata, Villa Carlos Paz y, por supuesto, Buenos Aires) y, desde 2007, se corre una carrera ciclística que atrae a deportistas de distintos lugares del planeta. Y ahí nos quedamos, como quien se detiene a tomar un poco de agua luego de una larga pedaleada.

Es evidente que un evento de magnitud internacional necesita una imagen acorde a sus pretensiones. Esto es así, nos guste o no. De no existir esa imagen, esa representación gráfica, visual, simbólica, ajustada en torno a una estrategia y un discurso premeditado, el evento hará agua antes de empezar a navegar. Esto no quiere decir que no pueda llevarse a cabo (los últimos juegos olímpicos son prueba de ello) pero sin lugar a dudas siempre estará presente ese molesto renqueo. En cambio si la marca, vista como como punta de lanza de todo un equipaje identitario, acompaña a ritmo y sin flaquezas, se está en presencia de un hecho cultural histórico que trasciende las fronteras puntuales que lo vieron nacer (para ejemplo de esto basta con repasar algunos afiches de películas que pasaron de ser piezas de comunicación efímeras a objetos culturalmente autónomos).

Los encargados de diseñar la marca del Tour de San Luis —y conste que en ese equipo puede que no todos hayan sido diseñadores, si es que hubo alguno— nueva, inédita en el ciclismo deportivo argentino, optaron por un atajo que se empantanó y que los dejó encajados en ambas ruedas, representado en un par de preguntas: ¿Queremos que el Tour de San Luis sea el evento ciclístico más prestigioso de la Argentina y de latinoamérica? ¿Pretendemos que, con el tiempo, sea uno de los más importantes del mundo? Bueno, entonces, reflejémoslo en el espejo de la carrera de ciclismo más famosa del mundo: el Tour de France.

Cuando se habla de identidad se pueden dar muchas vueltas y rodeos; se puede ser demasiado técnico o sumamente teórico... pero todo se reduce a que lo que yo diseño no debe, bajo ningún concepto, confundirse con otra cosa que comparta el mismo campo de acción de mi cliente.

Dicho esto, podemos señalar dos defectos: el primer error del Tour de San Luis radica en su bautismo. ¿Porqué Tour de San Luis? ¿No podría haber sido otro el nombre, en castellano, aún cuando uno deba tener en cuenta que el nombre deba ser pronunciado fácilmente por extranjeros? En Italia, se hace el Giro; en Francia (y en otros lados, vale decir), el Tour; en España, la Vuelta... ¿No era un rasgo interesante para explotar el nombre de la carrera? Sí, el nombre solo, sin marca gráfica todavía. Sí, era.

Segundo error: la marca toda, enterita. De pe a pa. Mientras que los franceses —que en 2013 celebrarán las 100 ediciones de la carrera— hacen uso de su conocida e histórica ductilidad para el manejo de pinceles y manos alzadas (el espíritu de Excoffon anda cerca, siempre) para dibujar una movediza y ascendente bicicleta en donde una O es rueda, la U es sillín y la R, el encorvado y esforzado ciclista, todo iluminado por el sol (aquí, si me permiten, una pequeña digresión cinéfila: ver "Las trillizas de Belleville"); los puntanos cometieron el peor de los pecados de quien copia: hacerlo sin ninguna gracia. Trazos realizados con un elemento ambiguo, poco claro; con ausencia de contrastes y con presencia de grosores distintos sin una armonía que los explique. La bicicleta, ya sin ascenso, derecha en la ruta; la O y la U a modo de ruedas, pero con un subrayado extraño: se colocaron en las contraformas dos círculos grises que le quitan identidad a la U acercándola peligrosa y chabacanamente a una O... Todo conducido por un ciclista que es una imposible conjunción entre una S(an) y una L(uis). 

El casco, eso sí, es sumamente aerodinámico.

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