16 de mayo de 2013

Cuento chino


Los avisos publicitarios muchas veces juegan a ser sensibles, moviéndose en un campo ambiguo que disfraza eficientemente sus verdaderas intenciones. Si el que anuncia es un banco la cosa se vuelve cínica y, casi, patética. 

Todos sabemos, en Argentina al menos, que los bancos privados "se hacen los amigos" pero son, en última instancia, enemigos de la mayoría de las personas (los laburantes; la gente que no vive de bicicletear dinero) y que, si queman las papas, no dudarán en llevarse toda la plata a otro lado para seguir multiplicándola. 

También los bancos —o quizá "el" banco, si lo tomamos como una única categoría de organización— suelen cambiar de careta dependiendo de quién tiene la mayoría accionaria, quién corta más el bacalao, a quién le conviene estar acá para después estar allá y tantas otras razones oscuras y desconocidas para el pobre cristiano que tiene una cuenta sueldo o que alimenta regularmente un plazo fijo o bien, que lucha mes a mes con la persistente y machacante cuota de un crédito.

Esta mutación pasó recientemente con el Standard Bank, (que antes, si mi memoria no falla, era el Bank of Boston, que antes era...) el que se transformó de la noche a la mañana, mediante una impresionante movida de logística gráfica, en el ICBC, "el banco más grande del mundo"según dicen por ahí, cosa que bien puede ser cierta porque el banco es chino y los chinos, se sabe, son de hacer cosas a gran escala.

Industrial and Commercial Bank of China, así, en inglés, como debe ser (todavía no llegó el día en que todos deberemos aprender chino).

¿A qué viene este preámbulo?

Más allá de la asquerosa y demagógica medida de "regalarle" $1000 a cada bebé que naciera el día de su desembarco (una baratita apuesta al futuro) se despacharon con un aviso en el que, además de las consabidas y tradicionales imágenes de personas relajadas y sonrientes charlando en amplias y luminosas oficinas en rascacielos con celestes cielos espejados en ellos, hay un momento en que algunos conocidos y prestigiosos personajes que tristemente prestaron su imagen para este fin, le hablan mediante un micrófono puesto en el medio de una especie de estudio de grabación y sentados en un taburete, solitos su alma, a bebés que están en sus cunitas de nursery, cabeceando inquietos y curiosos ante esa voz impersonal, ajena, que les llega, hipnótica, desde parlantes y que les habla de de ser lo que quieran ser, de que afuera hay algo maravilloso, de esforzarse, de merecer lo que el destino les tiene preparado, de cambiar las veces que sea necesario (claro... ¡como los bancos!). Secuencia enmascarada de dulce y comprensiva pero horrible, cínica, sólo imaginada por un George Orwell devenido en creativo publicitario...

Además, toda esta perorata sensiblera para vender... ¡un banco! Que, si tenés suerte, te presta 100 y te cobra 200 y que, si te llegás a atrasar un mes, te saca hasta la última gota de sangre o, más concretamente, la casa donde viviste años (preguntarle a algún español en estos días lo que piensa de los bancos).

ICBC, un verdadero cuento chino.

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