14 de abril de 2011

¡Lavame, sucio!


Este es un ejemplo práctico, caros lectores, del valor de las marcas.

Al Laverap de arriba no entro ni a punta de pistola. Sólo dejaría allí mi ropa para lavar si los dueños fueran familiares directos míos o bien amigos íntimos.

Al Laverap de abajo entro como quien entra a un locutorio sabiendo perfectamente, de modo casi inconsciente, qué obtendrá a cambio.

No tiene ningún valor que en el de arriba tengan mejores y más nuevas máquinas lavadoras o que la señora que plancha sea un prodigio de destreza y esmero o que te atiendan siempre con buena cara. El problema radica en que no llegaré nunca a enterarme de eso ya que me quedaré en la puerta, calculando cuántas clases de cucarachas van a caminar sobre mis remeras antes de que entren al lavarropas...

Lo que no deja de enternecer —sin ser atenuante de esta notoria contravención gráfica— es el profundo respeto corporativo que le tuvo la persona encargada de pintar la fachada del local de arriba a la ligadura entre la V y la E y a la inclinación general de toda la marca. Lo que se dice un tipo observador.

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