6 de marzo de 2012

Dame fuego


Si uno está atento, en la calle puede encontrar pequeñas joyas. Caminando por el coqueto Belgrano di con esta institución de nobles fines, sita en la calle Cuba: la Asociación Pro-Ayuda al Quemado (APAQ).


A primera vista creí no entender bien la marca; me acerqué. Comprobé con una mezcla de amarga gracia y rotunda sorpresa mi sospecha: ¡Está en llamas! ¡Las siglas arden!


¿Qué oscura mente pudo resolver con una síntesis de llamas —llamas, además, avivadas por un viento que las potencia llevándolas de izquierda a derecha— la marca de una institución que se encarga de paliar las secuelas del fuego?


¿Qué afiebrado combo de directivos pudo haber aprobado semejante dislate?


¿Nadie se da cuenta, hoy en día, de que la impertinencia del recurso no podría ser más grande? ¿Qué más lejos de los intereses de APAQ, de sus loables objetivos, que el siniestro hecho de que las llamas envuelvan su mismísimo nombre? 


Paradójicamente, allí donde los efectos del fuego pretenden ser superados física y psíquicamente se encuentra, omnipresente, la semilla del mal.


Seguí caminando, entre asombrado e intrigado, sabiendo que todas mis preguntas quedarán, una vez más, sin respuesta.

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