9 de mayo de 2011

Time to kill


Sin haberla leído nunca, puedo asegurar que la revista Time es importante. Uno sabe que su portada es un lugar reservado para pocos y al que pocos acceden. No es poco frecuente que haya quienes se vanaglorian de haber sido tapa de la Time y uno puede imaginar que no son pocos quienes darían lo que no tienen para ocupar ese lugar.

Osama (¿u Obama? Muchos medios cometieron el fallido...) Bin Laden llegó a la tapa de la Time.

Y la tapa de la Time, famosa y esperada como es, fue tan macabra como poco original: apeló a un recurso utilizado en ocasiones especiales: aquellas en las que son asesinados o han muerto enemigos confesos de los EEUU.

La sangrienta cruz roja se inauguró con Adolf Hitler, quien en 1945 se suicidó en su búnker (pese a que Carlos Perciavalle asegura haberlo visto en Punta del Este hace unos años) cuando ya se veía venir la indefectible derrota.

Cuando los EEUU liquidaron a Saddam Hussein en 2003, la Time desempolvó la X para tachar su rostro. Poco importó que las famosas armas de destrucción masiva que Bush juró que se ocultaban en Irak nunca se hubieran hallado...

La tercera cruz vio la luz en 2006, cuando otro enemigo del imperio mordió el polvo, Abu Musab al-Zarqawi y, por último, hace pocos días, una ilustración hiperrealista del enemigo público N° 1 y buscado durante 10 años, recibió el macabro tachón.

Desde ya, no hace falta más nada en la portada. Sólo la marca de la revista, la fecha de la edición y paremos de contar. Gráficamente muy poderosa, simbólicamente esta cruz, roja, trazada con la sangre del propio muerto (¿o la de sus víctimas? En todo caso, ambas cosas son sacrílegas), es toda una declaración de principios. Sobre todo, el principio de que a la revista Time y a EEUU les importa un bledo apresar y juzgar a los responsables de las masacres o crímenes de los que se los acusa. El propio Barack Obama, insólitamente galardonado con el Premio Nobel de la Paz hace pocos meses, lo dejó bien claro cuando festejó públicamente el anunciado asesinato de Bin Laden.

¿Cómo? ¿Un premio Nobel de la Paz festejando un asesinato? Sí, sí.
Por otro lado, qué interesante hubiera sido escuchar las declaraciones de Osama... ¿no?
Allí, el terrorista hubiera podido contar algunas cosas que uno imagina bastante incómodas para los EEUU.

En fin, eso ya no podrá ser. Y hay varios funcionarios estadounidenses que respiran aliviados.

Luego llegaría la comedieta de siempre: Osama se resistió aunque ¡no estaba armado!; las fotos del cadáver son demasiado duras para ser mostradas; tenemos un análisis de ADN que comprueba que él es él; tiramos el cuerpo... ¡al mar!

No hace falta ser muy memorioso para saber que es tal la cantidad de veces que ha mentido y tal la cantidad de dudas que genera todo lo realizado por EEUU en el ámbito internacional que no es posible creerles nada de lo que dicen. No se sabe si Osama está realmente muerto; si le cambiaron la cara para que desaparezca para siempre; si lo mataron hace años y después lo usaron de excusa para seguir invadiendo a diestra y siniestra lo que se les ocurriera... Nada (¿o todo?) es creíble viniendo de EEUU.

Lo que sí queda claro es que, ahora que la Time lo tachó, Osama ya no es un problema. Vendrán otros, claro. Y seguramente ya hay una quinta cruz de sangre esperando...

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